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Un poco de Historia |
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Año de 1743... |
En este año fue Su Majestad servido de ofrecerle a Nuestra Madre una enfermedad de tabardillo y dolor de costado y habiéndole concedido Su Majestad salud, que fue de mucho consuelo para esta Santa Comunidad, se juntó la pena de la muerte de una religiosa joven que se llamaba Sor María Ángela.
Natural de esta ciudad, hija legítima de Don Antonio Joseph Márquez y de Doña Isabel Gabriela Trujillo, familia bien conocida en esta ciudad. Habiendo muerto su padre, quedó su madre con muchos hijos y envió a nuestra hermana con un tío que tenía en Jerez para que la cuidara y diera santos Documentos.
Y teniendo la niña 16 años, volvió a esta ciudad a vivir con sus hermanitas, pues ya su madre había muerto. En este tiempo, inspirada de Dios, llegó al torno y hablando con nuestra Madre le manifestó su pretensión, a lo que respondió su Reverencia que volviera otro día como lo ejecutó y vista por las Madres hallaron que no estaba bien impuesta en el latín, por cuyo motivo no se admitió hasta que viendo su perseverancia y que era santa su vocación, se le concedió el Santo Hábito, el que recibió el día 24 de mayo del año 1739. Con mucho consuelo de su alma.

A los principios del noviciado, se le reconoció falta de salud y fuerzas aunque lo procuraba ocultar, pues hacía los ejercicios con bastante trabajo y sufrimiento esforzándose por conseguir su santa Profesión. En este tiempo, le ofreció nuestro Señor unas calenturas de las que habiendo convalecido se le concedió la Santa Profesión, la que hizo con indecible consuelo de su alma.
El día 28 de julio del año 1740 con gran deseo de servir a la Santa Comunidad y desde luego pidió a Nuestra Madre que su Reverencia le concediera el ejercicio de la cocina, para lo que tuvo especial gracia, pues sazonaba para enfermas y sanas que era un prodigio, aunque rara vez cumplía la semana sin repetirle algún accidente, los que padecía continuamente, aunque la pobrecita se esforzaba todo cuanto podía.
Un día de la vispera del Corpus, sin decir nada, se fue a su recogimiento y no hallándola su compañera en la cocina fue y la vio estar sin sentido en el suelo. Se llamó al punto a Nuestro Padre confesor y al médico, quien mandó que se le diera el Santo Óleo.
Mejorando de este accidente pidió a Nuestra Madre que la dejara entrar en ejercicios y, viendo que su Reverencia no se lo permitía conceder, lo pidió con instancia. Su Reverencia, con cariño, le dijo que fuera con mucho amor a Dios, quien fue servido y estando en ello le dio calenturas con tos continua, haciéndose cargo que para qué había hecho aquel arresto.
Respondió que sabía perfectamente que aquéllos habían de ser los últimos días de su vida y no quería malograr esta ocasión como en efecto así fue, pues rindiéndose a la cama se mantuvo padeciendo, mandándola el médico levantar, lo que haría bajando a comulgar con todo este quebranto.
Así fue Nuestro Señor, labrándola como piedra preciosísima para colocarla en las Delicias eternas de la Gloria, pues el día 1 de febrero, habiéndole dado los Santos Sacramentos, entregó su espíritu a su Creador, quedando su cadáver hermoso y con una sonrisa de alegría.
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Muerte del hermano Juan de Jesús Mª. 29 de noviembre de 1742
El día 29 de noviembre de este mismo año de 1742 pasó de esta vida mortal a la Eterna Bienaventuranza el hermano Juan de Jesús María, especial bienhechor nuestro por habernos asistido y aliviado con la más Perfecta Caridad el dilatado tiempo de 43 años, cuyas heroicas virtudes y santa vida fueron singulares.
Fue nuestro hermano natural de la ciudad de Toledo, aunque hasta la hora presente ignoramos quiénes fueron sus padres, pero se discurre por algunas noticias que tuvimos, fue descendiente de los Duques de Medina Sidonia y único herededor de su hacienda de muy claro entendimiento y santas inclinaciones, pues en corto tiempo se aprovechó mucho en la virtud y en los estudios; y ya tenía las primeras órdenes: era dicho hermano de natural ardiente y vivo en extremo, por cuyo motivo le hubo de suceder algún fracaso.
Y sin saberlo sus padres, se ausentó de dicha ciudad para la de Sevilla y habiendo hecho las más vivas diligencias no pudieron conseguir noticia alguna de dicho hijo. Viniéndose paseando por dicha ciudad llega a donde estaban haciendo los Cimientos para la Fundación y hablando con el Maestro de la obra le suplicó que lo admitiese para trabajar y oyéndolo los oficiales, se sonrieron diciéndole que era muy caballerito y por ese motivo era bueno para comer molletes.
Como era tan vivo se entró en los cimientos y tomando espuertas en una hora sacó más tierra que otros en medio día, por lo que el maestro lo admitió en dicha obra y teniendo noticia que necesitábamos de un hermano, entró a cuentas consigo mismo y halló tenerle más cuenta el tomar el Santo Hábito para servir con más veras a Dios.

Y al instante dispuso el ir a los Hospicios de San Blas que era donde estábamos entonces y llegando al torno vino Nuestra Madre abadesa que era entonces Nuestra Madre Sor Josefa de Palafox, quien viendo un hombre de tanta razón y en prendas naturales de entendimiento era singular, lo admitió y dándole el Santo Hábito se portó con tanta modestia, religiosidad, discreción y agrado, que mereció los mayores aplausos de todas las personas que le trataron y comunicaron.
En el aprecio y estimación a la Santa Comunidad fue sin segundo y hablando con alguna persona se derramaba en alabanzas de nuestro Santo Instituto. Siempre discurriendo los medios más conducentes para nuestro mayor alivio y pareciéndole sería de más provecho para adquirir limosna pidió a Nuestra Madre le diese licencia para pedirla en el Arzobispado, a donde se llenaban de aplausos de los señores Vicarios y de todas las personas que lo trataban, pues con su buen ejemplo dejaba a todos edificados y no se puede ponderar el mucho alivio que era este hermano para la Santa Comunidad.

El trato y familiaridad que tenía con su Dios es indecible; tenía muchas horas de oración y las más cosido con la tierra, lo que fue motivo para pudrirse un lado de la cabeza. Desde que tomó el hábito seguía la comunidad en las comuniones y su Director fue siempre N.P. Confesor, a quien obedecía perfectamente.
Y tratándose de esta fundación le pareció a N.M. Sor Clara Pérez ser este hermano muy a propósito para negocio de tanta importancia y sin dilación lo envió con diferentes cartas a esta ciudad para que se impusiera en todo y habiéndoselo propuesto lo aceptó con mucho gusto porque deseaba que se hiciera esta obra tan del agrado de Dios.
Y puesto en Camino quiso nuestro común Enemigo (por permisión Divina) ahogarlo, pues al pasar un salado se trastornó la cabeza en que iba sin remedio humano y se fue al profundo de las aguas y Dios Nuestro Señor, que mira por sus siervos, dio valor y ánimo a un hombre que estaba a la orilla y, sin temor ninguno, se arrojó a las aguas y tirando de él con mucho valor lo sacó a puerto de seguridad, habiendo quedado en el agua las cartas y todo lo demás que llevaba. Convalecido de esta desgracia, llegó a esta ciudad y concluyó sus dependencias con todo acierto, adquiriendo limosnas para componer el hospicio de Santa Lucía.
De los archivos del Convento de Capuchinas
de El Puerto de Santa María