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El Monasterio Informa |
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Arquitectura Colonial y Jardines de Andalucía |
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El jardín del futuro hotel de cinco estrellas que proyecta el Grupo Jale, imprimirá un carácter particular, |
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Con los primeros conquistadores ya mucho antes, y con la posterior labor colonizadora, el estilo español de arquitectura se fue expandiendo por toda América. Pero estos visitantes además de aprender también llevaron sus costumbres y conocimientos. En el caso particular que tratamos aquí, el del influjo arquitectónico colonial español en América, es sorprendente cómo ambos lados se fueron impregnando mutuamente. Así, la mano de obra indígena imprimía al todo cierto sello a veces estimable, y esos obreros americanos influyeron también un poco en el arte de la patria de sus arquitectos. De esta manera, poco a poco nos encontramos con el aliento de América en la madera de España y con aliento de España en el barro americano. |
El estilo colonial español, puede asegurarse que esa caída uniforme de gotas espirituales, esa estilación de ritmo espontáneo, ha dado forma, entre otras cosas, con el andar del tiempo, a un estilo sobrio, airoso, alegre, pintoresco, señoril, de aspecto estético al par que educativo, que poco a poco va afincando en el suelo americano hasta llegar a algunos estados yankis, como La Florida y California, donde los norteamericanos se complacen en sacudir la influencia inglesa, buscando orígenes más antiguos como el de la madre Hispania. En pleno Hollywood, las mansiones de actores como Bob Hope o Howard Hughes eran y son fieles al estilo colonial andaluz.
Ese triunfo del arte colonial español en toda América, no quedará en tales límites, porque aún hay algo más muy original en España, sus jardines, que seguramente han de triunfar también en el suelo americano. No han triunfado ya porque su formación no es rápida, porque exige largo tiempo y la psicología americana está formada a base de rapidez. Pero todo cambia en el mundo y esa psicología sufrirá también sus variantes, y, entonces, los jardines españoles tendrán señalado éxito en los parques de América, privados y públicos.
Los árboles y plantas, unen a los ya clásicos de los jardines del Al Andalus un toque diferente, de ultramar, con castaños de Indias, nogales, araucarias..., en auténticos jardines de aclimatación, que en casos se tratan de pequeños botánicos.
Los jardines son luz, limpieza y color y nada hay más limpio, luminoso y colorista que los esmaltes y los reflejos metálicos de la cerámica cuando están combinados con las gamas de las flores. Los mármoles se ennegrecen, los bronces dejan de brillar y una especie de verdín o cardenillo mancha sus tonos broncíneos, los hierros se oxidan; nada más completo y acertado que la cerámica andaluza de orígenes árabes, con la maravillosa algarabía de sus colores, siempre brillantes y entonados.

El arte andaluz de hacer con azulejos, ladrillos y flores jardines soñadores, es mayor que el de hacerlos con materias ricas, como el mármol y el bronce. Los azulejos son verdaderas faïences esmaltadas, verdaderos tapices de porcelana. Los árboles y plantas, unen a los ya clásicos de los jardines del Al Andalus (jazmines, cipreses, granadas, alhelies...), un toque diferente, de ultramar, con castaños de Indias, nogales, araucarias..., en auténticos jardines de aclimatación, que en casos se tratan de pequeños botánicos.
En los jardines de la Bética se ven remozados los viejos estilos, ver en lo moderno los encantos de la tradición local y hasta conservan en cierto modo la intimidad de los patios floridos. Y hablar de la tradición andaluza es hablar de la tradición americana, porque Andalucía es el principio de América y Amé-rica es la continuación de muchas cosas andaluzas. Los famosos patios cordobeses y sevillanos tienen sus vástagos en la provincia del Camagüey de Cuba, donde aun las mujeres jóvenes, como en Sevilla, viven tras de las rejas y alejadas de la moderna libertad neoyorkina, parisién o madrileña.
Ni las cariñosas villas italianas, ni los bellos parques de Francia, ni los cuidados jardines ingleses pueden compararse a los jardines andaluces, en los que alterna el perfumado mirto o el arrayán con los naranjos olientes (antes de ofrendar su oro) y con los cipreses emocionantes, centinelas perennes de invariable misticismo y verdes jugosos que con los laureles se prestan a toda clase de formas ornamentales.
Si se quiere dar vida a una canción de arrebolamiento, hay que pensar en Andalucía, ánfora inclinada, de proporciones gigantes, que sin cesar vierte flores, luz, panderetas, vinos generosos, guitarras, mantones polícromos y mocitas perfectas, con labios rojos que adornan la vida andaluza.