|
|
Temas Portuenses |
|
|
|
El Rey Felipe V en el Puerto de Santa María |
|
Fué durante su reinado cuando se gestó el actual Monasterio. |
![]() |
En el pasado número de esta revista trimestral, se recogía una amena e interesante charla sobre la figura de Felipe V, nuestro primer Borbón, en la que el Director del Departamento de Historia de la Universidad San Pablo-CEU, Raúl Martín Berrio, ahondó en temas como su persona, su familia y otras circunstancias de su reinado. Como complemento a modo de anécdota de aquella interesante reflexión, y un poco en conmemoración de que fue durante su reinado cuando el precioso convento en el que se ubica el actual hotel fue concebido, me permito unas líneas para recordar lo crítico que resultó este periodo para el desarrollo de nuestra ciudad. |
Y es que los nuevos vientos llegados coincidiendo con los Borbones vinieron a traer un poco de árnica a las heridas sufridas por los portuenses durante los desembarcos y expolios realizados por ingleses y holandeses (1702), que como todos los que a lo largo de la historia habían venido a sitiar Cádiz, hacían uso de nuestra ciudad, ya fueran de un bando como de otro - y luego volvería a pasar con Napoleón y con los Cien Mil Hijos- a modo de cuartel, almacenes y objeto de todo tipo de desahogos.
Tras estos acontecimientos, la recuperación de la ciudad fue rápida, y la prosperidad fue la tónica a lo largo del XVIII, debida principalmente al traslado que en 1717 se produjo de la Casa de Contratación de Sevilla a Cádiz. El fruto de esta bonanza económica es visible hoy en día en el conjunto de las construcciones, fundamentalmente civiles, que adornan y configuran la actual fisonomía portuense, la ciudad "dieciochesca" mejor conservada de toda Andalucía.

Es cierto que en estos años ya Cádiz actuaba como puerta de América, y este traslado que ordena Felipe V sólo vino a "oficializar" este nuevo estatus, pero es indudable su papel fundamental en el crecimiento económico. Con este acto se establece en Cádiz la cabecera del monopolio del comercio con las Américas, convierte a toda la Bahía en unos de los principales centros comerciales de Europa, creando un
ambiente liberal y cosmopolita.
La arquitectura, como las demás artes en los años centrales del reinado de Felipe V (1700-1746) vino determinado por la conjunción de tres fuerzas de empuje casi simétrico: la tradición hispana, la in-fluencia de Francia y la proveniente de Italia. En El Puerto esto no es una excepción, pero aquí la situación se acomoda al fértil momento económico propiciado que vive la comarca, propiciado por el Comercio de Indias y por la línea general de la política de los primeros Borbones. Fruto de estas
influencias nacerán, aunque en una gran parte ya en el XIX, las famosas Casas Palacio. Casualmente, la de Juan Vizarrón, también llamada de las Cadenas, que sirvió de residencia de verano de Felipe V en 1729 y 1730, data del siglo XVII.

Plano de la distribución original del
Monasterio de las
Capuchinas, actual Monasterio San Miguel.
Coincidiendo con estas visitas reales, en El Puerto se estaba fraguando el embrión de lo que sería el Convento de las Capuchinas, que como antes indicamos sirve de esqueleto al remozado Hotel
Monasterio, que albergó la charla que da pie a estas líneas, y que ya hace once años tomó el relevo de Felipe V en patronear un nuevo renacimiento de nuestra ciudad, tanto en lo cultural como en lo económico, generando desde su restauración riqueza de ambos tipos.
En el año 1727, el Duque de Medinaceli, a la sazón D. Nicolás de Córdoba y de la Cerda, era señor de El Puerto, y fue por ello que Sor Gertrudis Pérez, la en-cargada de las primeras gestiones para la fundación de este convento, tuviera que solicitarle licencia previa para comenzar las labores. Pero justamente dos años después de que ésta le fuera concedida, y aún buscando el lugar idóneo y la financiación necesaria, se da el hecho de que El Puerto pasa a la Corona, coincidiendo con la larga estancia que la Corte de Felipe V tuvo en Sevilla (1729-1733), y después de una visita de los soberanos a la ya por entonces próspera ciudad de las orillas del Guadalete.

Este hecho conllevó que la sor tuviera que solicitar de nuevo el permiso, dirigiéndose esta vez al soberano Felipe V. En el "Libro de Crónicas" que relata la fundación del convento, se recoge este momento con la ortografía de la época: "Aviendo precedido el consentimiento de todas las
Ciudades, voto en Corte, a instancias y solicitud de la muy noble ciudad de Sevilla a quien dicha
Reverenda Madre empeñó para conseguirla, fue Dios servido que en el año de mil setecientos veynte y nueve, en el mes de Octubre, su Real Magestad se dignó concederla".
Este hecho también influyó decisivamente para que al Arzobispo de Sevilla, D. Luis de Sal-cedo y Azcona, estimulado por la estancia Real en su ciudad, se convirtiera en relanzador, protector y más tarde financiador, de la construcción de este convento de capuchinas, sirviendo como botón de muestra el hecho de no tardar más de seis días en dar su licencia tras el visto bueno del monarca. Antes de su muerte el Arzobispo lo dejó todo preparado para que las obras no se paralizaran, incluyendo este deseo en su testamento. Su sucesor, en 1744, el Cardenal Infante D. Luis de Borbón y Farnesio, hijo de Felipe V, señaló limosnas que ayudaron a conseguir su deseo.
Es anecdótico, no lo niego, pero mientras escuchaba la exhortación del profesor Berrio, en ese magnífico auditorio en que se ha convertido la antigua capilla, recordaba lo que había leído contenía la caja de plomo que, enterrada cuando la construcción de este convento barroco, yacía directamente bajo nuestros pies, y que iba haciendo un idéntico recorrido al de nuestra historia de esa noche: "un peso redondo de a 10 reales de plata de ese año. Ydem medio peso de a 5 reales de plata, un real de plata, un cuarto, un ochavo y un maravedí. Un medio peso redondo del cuño de Yndias de 5 reales de plata con las columnas de hércules y un escudo de oro del año de 1732 con la cara del Rey Don Phelipe quinto".