Crónica de Capuchinas


 

Napoleón entra en España...

Continúan las Crónicas de las Capuchinas (I)

Gobernando la Nave de Nuestra Santa Madre Iglesia Nuestro Santísimo Padre Pío VII, y reinando nuestro soberano Don Carlos IV y Doña Luisa, su mujer, descubrió su cruel cabeza, el gran monstruo del mundo, el azote de la Divina Justicia. El intruso emperador de Francia, llamado Napoleón, había mucho tiempo se hablaba de éste con encontrados pareceres por la gran conquista y singular destreza que tenía para ganar provincias y reinos enteros, queriendo dominar a todo el mundo, valiéndose del engaño y de la amistad fingida.

En el reino de España tenía mucho adelantado, con la antigua alianza que teníamos con el de Francia, pisando nuestro suelo tantos franceses como españoles, y lo que fue mayor castigo del cielo, siendo la plana mayor de España del partido de dicho Napoleón y traidores a nuestra patria. Ésta sí iba poniendo toda en movimiento, por resolución y desavenencia de la Corte en las personas reales.

Entre las cuales hacía papel un tal Godoy, que fue almirante de Castilla e íntimo aliado de los mandatarios galos. Enlazaron con su sobrina, la condesa de Chinchón, y le llamaban el príncipe de la paz, al que lo fue de la guerra más injusta y cruel que se ha visto en el mundo. Con la mano que le daba la suprema real, disponía a su arbitrio, de todo el reino. Oprimía a la inocencia y elevaba a los primeros puestos a todos sus partidarios. A unos por que lo eran y a otros para que lo fuesen. Siempre conspirando para que nuestra España fuese subyugada a Francia y regida por Napoleón. Ayudándole a sus tramas, muchos de los grandes de la nación francesa que rodeaban el palacio, así tenían alucinados hasta al mismo Rey y a la Reina con las felicidades fingidas que esperaban de la gran amistad con Napoleón y sus franceses. 

No así diecinueve serenísimos príncipes: Don Fernando y Don Carlos, ni su tío el Infante Don Antonio, pues no cooperando a tales intentos, eran el blanco de la contradicción de todos, principalmente el Príncipe de Asturias, Don Fernando, por ser legítimo heredero de la corona que hoy gozan con tanto fusto sus fieles vasallos y desprecio de sus traidores. Estando la Corte tan revuelta y España con innumerables tropas francesas, que a título de amistad, venían y tomaban los mejores fuertes y castillos con indecible opresión de todos los patricios. Ya porque se alojaban en las casas, ya por la terrible carestía de víveres, que todos temían una terrible calamidad y horrorosa tragedia.

Madrid se levantó en armas 

En efecto, los vecinos de Madrid se levantaron contra el almirante Godoy el citado mes de marzo de 1808. Y le hubieran quitado la vida si no hubiera intercedido el Príncipe de Asturias, rogando por su mayor enemigo.

Por este tiempo nos dirigía nuestra Madre Sor María Josefa Fiol. En su segundo trienio, ella nos ocultaba cuanto podía las repetidas y funestas noticias que a todos generalmente contristaban y no es posible decir en este compendio. No obstante se hizo preciso saber el Estado que vino a parar la Monarquía de España en dichos días, pues el Rey, fuese por sus muchos achaques o cansado por los disturbios de su Palacio, y lo que es más cierto: por disposición Divina, renunció a la corona y abdicó en su hijo el Príncipe D. Fernando y huyó a Francia con la Reina y Godoy, quedando nuestro Rey Fernando entre muchos enemigos, que sólo querían su total exterminio. Los más de ellos franceses, que ocupaban los primeros empleos de la Corte.

"Estando en estas circunstancias..." le escribe el falso Napoleón, fingiendo alegrarse de su exaltación a la corona y ofreciéndole por esposa a una sobrina suya y todo su valimiento imperial para bien de este Reino. El justo Rey, que desde su infancia observó la regla de la virtud y la prudencia, viéndose combatido de peligros por todas partes y no pudiendo creer su inocente corazón la desmedida traición que estaban urdiendo, admitió las ofertas de estos mismos traidores, aún sin olvidar la muerte de su esposa, la Princesa de Nápoles, causada con veneno como al hijo que tenía en sus entrañas. Quiso así vencer con su bondad aquella malicia tan consumada.

"Con tales noticias, estábamos en continuo
clamor a Dios, a su santísima Madre y
a todos los santos. Toda la
comunidad estábamos siempre
asustadísimas"

Inmediatamente, hicieron grandes preparaciones para la boda, diciéndole al Rey que venía el Emperador a traer a la nueva esposa y a congratularle. Cuando le avisaron de que ya estaba cerca, salió el inocente monarca para recibirlos, dos leguas fuera de Madrid. Iba con su hermano, Don Carlos, y su tío, Don Antonio. Pero lo que halló fue un ejercito de tropas francesas que, a la fuerza, se lo llevaron a la ciudad francesa de Bayona. Allí les despreciaron e insultaron. Por último, les llevaron a lo más remoto de aquel reino y los apresaron en sus castillos con la mayor ignominia de sus reales personas. Por aquellos mismos días, hizo lo mismo el cruel Napoleón con la cabeza de la Iglesia, Nuestro Santísimo Padre Pío VII, y con todo el colegio de sus cardenales, después de haberle engañado anteriormente para que fuese a Francia a Coronarlo como emperador, título que tan indignamente poseía.