
UN TORERO LLAMADO “ RAFAEL ”
Por Paolo Nesti
Preámbulo
Yo fui paulista desde siempre, antes de ver torear en vivo al Maestro Rafael de Paula. Ustedes dirán: "¿cómo es posible eso?". Ser paulista es un sentimiento, una manera de ser, una categoría espiritual. Aunque no vi torear al gitano de Jerez hasta el verano de 1975 en El Puerto de
Sta. María, en el día que Paco Camino dio la alternativa a Gabriel Puerta con Rafael de testigo, ya era, lo repito, paulista. Nunca entonces había coincidido con Rafael de Paula, a pesar de que iba a los toros desde el final de los años cincuenta. Y es que yo acudía con frecuencia a Madrid, mientras que Rafael no salía de su rincón del sur.

Al fin en 1974 el gitano de Jerez cruzó despeñaperros para confirmar su alternativa y hubo el milagro. En el día de su confirmación, durante la feria de San Isidro, tres verónicas y la media crearon el alboroto, recuerdo imborrable de un quite, maravilla artística del torero gitano. El milagro se repitió en el mes de Octubre en Vista Alegre, que ha vuelto en estos días a ser la segunda plaza de Madrid. Con una faena mágica, intuida, presentida, Rafael sintió e hizo sentir su toreo. Fue aquella faena, tan prieta, tan concentrada, tan esencial, sin movimiento inútil, sin gesto que no fuera hermoso, sin pase que no fuese canon de estética, de dominio, de arte. Cada lance, un asombro. El conjunto, un prodigio. Fue el día de la "música callada del toreo". Así lo leía en Italia en las páginas de El Ruedo, del cual era suscriptor y preguntaba a mí mismo. "¿Cuándo podré presenciar tal milagro?". Al fin llegó el día. Así os cuento a ustedes cómo viví aquellas tardes.
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“Rafael de Paula torea / con la izquierda al Natural / lo mismo que Manuel Torres / cantaba la soleá... y cuando le da la gana / perfila con el capote / la siguiriya gitana. Autor: José Bergamín
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Desde Madrid al Cielo - 28 de Septiembre de 1987 -
Tenía que ocurrir. Ya estaba en el aire. En la limpia luz del ocaso madrileño circulaba algo impalpable, misterioso. Se venía anunciando el milagro y no podía ser de otra manera. Tenía que ocurrir y ocurrió. Fue el día 28 de septiembre de 1987, última tarde de toros de la feria de otoño en la plaza de Las Ventas. Sucedió en esa plaza de toros y no podía ser de otra manera. Ahora nadie podrá negar que Las Ventas es la primera plaza del mundo. Hay que decir en su honor que ninguna otra plaza había esperado tanto a Rafael de Paula como la de Las Ventas, ninguna otra plaza había estado a la espera de Rafael de Paula tanto tiempo. En ninguna otra plaza de toros se había anunciado desde tanto tiempo que algo muy importante, algo trascendental en la actual historia de la tauromaquia iba a ocurrir. Ocurrió y se repitió más tarde en otro incomparable marco, la Real Maestranza de caballería de Sevilla, donde el gitano de Jerez desafió, él sólo, a seis toros de distintas ganaderías. Un puente ideal fue echado para unir Madrid con Sevilla, la que fue un tiempo paraíso de Alá y sobre ese puente pasó la pureza del arte, la manera gitana de sentir el arte, la hondura de toda la enigmática esencia del toreo de Rafael de Paula. Al día siguiente del acontecimiento de Madrid, el crítico del País, Joaquín Vidal, resumía de tal manera lo que había visto: "nunca el toreo fue tan bello...", mientras que el imparcial y racional Barquerito dos días después añadía el siguiente concepto: "...si no será necesario, a la luz de lo que hemos visto, replantearse los conceptos básicos con que hasta ahora se ha ido definiendo el arte de torear". Si en Madrid Rafael nos había arrastrado hacia el éxtasis con su insuperable faena, en Sevilla fuimos capturado por un encantamiento, por un sortilegio de un filtro de amor. Confieso que salimos de la Maestranza como hechizados. ¿Qué clase de filtro de amor nos había dado el gitano de la ciudad de los gitanos?. Habíamos sido
fulgorados, poseídos por el duende. Pues, ¿qué es el duende?. Cuenta Federico García Lorca en su ensayo "Teoría y Juego del Duende" que un día en un tablao de Cádiz la Niña de los Peines intentó inútilmente engañar al público que la escuchaba, disimulando estar poseída por el duende. A las quejas de un aficionado, como para significar que a ellos no les interesaba ni la técnica, ni la capacidad si no "otra cosa" la gran cantaora se levantó como loca, tragó un vaso de aguardiente y empezó a cantar... sin voz, sin aliento, sin disimulo, con la garganta quemada, pero... con duende. Había matado toda la estructura del cante para dejar paso a un duende abrasador, violento, amigo de los vientos cargados de arena, hasta que los espectadores se rasgaron sus ropas. Así, gracias a Rafael de Paula, surgió el duende sea en Madrid que en Sevilla. ¿De dónde traía tanta fuerza para esa tarea y aún más para desafiar él sólo a seis toros, ese torero extraordinario, orgulloso y solitario?. Sin embargo estaba poseído por el duende.
En Madrid toreó en pleno desmayo, en pleno delirio: fue "puro sentimiento". Como aconsejó un día Belmonte a un joven aspirante a torero: "olvídate que tienes cuerpo". ¿Con qué cuerpo había toreado Rafael?. "Cada pase que daba me salía del alma" afirmaba más tarde el gitano. La belleza, la emoción, la profundidad del toreo han alcanzado gracias a Rafael alturas siderales. Dos siglos de toreo, del arte del toreo han sido necesarios para llegar a esto. Desde ahora el toreo será otra cosa.
Desde Sevilla al Paraíso - 12 de Octubre de 1987 -
Confieso que me había embargado un sentido de angustia la víspera de la corrida de Sevilla. Temía que una mala actuación del torero pudiera borrar la gran faena de Madrid. En el mundillo taurino se escuchaban los comentarios más diferentes: una
"espantá" del torero, debido a las limitadas facultades físicas del gitano, podía ocurrir. En fin, llegó el 12 de octubre. Mi mujer, Mariví, nuestra amiga de Madrid y yo habíamos citado a los Marqueses de Albaserrada en el restaurante Río Grande a la orilla del Guadalquivir. El día era espléndido con un cielo azul que, más azul no lo hay; un sol casi veraniego nos calentaba. En el fondo el incomparable marco de la torre del oro y la giralda. El duende, el momento perfecto iba a poseernos. Desde el Ued-al-Quevir llegaban perfumes de Oriente, sabores de especias. El río olía y traía la languidez y la sensualidad de las mujeres de los harenes de los califas y sultanes. Yo miraba en el blanco-oro de la maestranza; la giralda no me parecía la misma; me parecía como un alminar de Rabat, de Marrakesh, de Bagdad. No me encontraba en la Andalucía actual; había ido atrás en el tiempo en pleno Al-Andalus... En la plaza estaba el público de los grandes acontecimientos: Antonio Ordóñez, Manolo Vázquez, toda la gitanería cantaora-flamenca y al completo el barrio de Santiago palmeando por bulerías. Y en el tendido del cielo: Belmonte, Gitanillo de Triana, Rafael el Gallo... Belmonte parecía más interesado. Dicen que un día en los años cincuenta andaba Belmonte con unos amigos por Sierpes y, viendo a un chaval delante de él, preguntó: "¿Quién es ese chiquillo?", "¿es un bailarín?". "No, -contestaron sus amigos- es de Paula y dice que quiere ser torero". "Pues que me lo traigan a Gómez Cardeño, que quiero verle torear" dijo Belmonte. Así fue (me contaba años después Rafael) que con regularidad el chófer de Belmonte iba a Jerez al barrio de Santiago a recoger a aquel chiquillo para llevarlo a la finca del viejo torero. Así aprendió Rafael a torear bajo la mirada atenta del retirado maestro, quien le aconsejaba, le enmendaba defectos. Cuentan que ver torear a Paula fue uno de los mayores deleites de Belmonte en sus últimos años de vida. En Madrid y en Sevilla vimos a un torero de gracia y de duende. Vimos un torero, "que sale del alma y va directamente al alma". Ese es el motivo por el cual el toreo de Paula nos emociona enormemente. Descubrimos no solamente a un torero único, sino algo más esencial: una clase de torero, que nos es otra cosa que el toreo en su pureza más honda, más completa... Se confirmó además otro concepto: el toreo puro es siempre más y solamente gitano-andaluz: es Andalucía. Desde ahora en adelante el toreo puro podrá existir sólo de despeñaperros
p'abajo. Así fue mi directa experiencia con Rafael de Paula. Tengo y tenemos mucho que agradecer a Rafael, quintaesencia del toreo. Pero lo más importante que tenemos que agradecer a Rafael, es que nos permitió olvidar tantas y tantas tardes de aburrimiento, tantas y tantas tardes engañosamente triunfales: las tardes de los "pegapases"

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