Tengamos la Fiesta en Paz
Por
Daniel Pérez Lorenzo
En todas las épocas del toreo siempre se ha comentado la sempiterna crisis de la Fiesta Nacional aunque en ningún momento se ha visto tan atacada desde diversos sectores como está sucediendo en la actualidad. Los estamentos que componen el complejo mundo de los toros no han conseguido a través del tiempo aunar esfuerzos por lograr una cierta inmunidad y un mayor fomento de la afición y de la calidad del espectáculo. Salvo honrosas excepciones, la Fiesta de los toros está atravesando una profunda crisis de toreros, de casta y bravura en el toro y lo que es peor de aficionados que acudan a los cosos. Ante esta pasividad se suceden manifiestos y discursos de políticos oportunistas que han encontrado en la Fiesta un filón con el que supuestamente captar un puñado de votos.
En unas recientes declaraciones al diario La Razón, el coordinador general de Izquierda Unida Gaspar Llamazares abogaba porque las corridas de toros se televisasen de madrugada al igual que las películas pornográficas obviando que la pornografía televisiva es un oficio realizado por actores. La Fiesta es un arte donde el hombre se juega la vida con VERDAD, la verdad que él defiende en campaña electoral y que luego prostituye a cambio de un pacto. Por su parte los señores de Izquierda Republicana de Cataluña pretenden un anteproyecto de ley para abolir las corridas de toros además de respaldar sucesivas nominaciones de ciudades antitaurinas en territorio catalán. No es de extrañar que estos progresistas arremetan contra todo lo que signifique identidad española aunque tanta obsesión les impida observar las caras de pánico de niños que son obligados a escalar torres humanas denominadas “castellets”. Esto sí que es maltrato infantil.
En mi opinión estar a favor o en contra de la Fiesta constituye un derecho amparado en la libertad de expresión. Incluso en los años de dictadura, los toros fueron una auténtica escuela de valores democráticos donde el pueblo cada domingo tenía la única opción de manifestarse libremente. Ante tanta embestida los gobernantes deberían recordar a estos envalentonados dirigentes que los toros, guste o no, forman parte de la tradición cultural española. Alguien debería reflejar con números los importantes ingresos que acarrean a la caja del estado los espectáculos taurinos y considerar decentemente a un sector que constituye una importante industria de este país.
Pero el debate se debe centrar en las interioridades del mundo taurino. La Fiesta ha sobrevivido a numerosas agresiones y el auténtico enemigo está en su interior. Si la gente deja de acudir a las plazas de toros hastiada por el paupérrimo espectáculo que se le ofrece es cuando se manifiesta el auténtico ataque a la Fiesta. El toro ha ido perdiendo paulatinamente raza y bravura y en el ruedo se ha diluido la emoción. Si a ello unimos la permisividad de los que ocupan las presidencias de los espectáculos estamos ante una auténtica revolución. Como ejemplo sólo hay que citar lo que está sucediendo en la Plaza Real de El Puerto. Un público que se ha caracterizado por su bondad, por su apoyo a los toreros, por su talante alegre y festivo se ha alzado para denunciar que está harto. En esta manifestación popular no intervienen factores externos. El pueblo que paga y sostiene la Fiesta ha dicho basta ya ante el cariz que ha tomado esto. La “autoridad” debería reflexionar y cargar con la gran parte de culpa que le corresponde. Ha llegado la hora de preguntar a empresarios, toreros y ganaderos qué están dispuestos a hacer por sostener la Fiesta y por darle esplendor y seriedad. Ha llegado la hora de que se mojen de verdad que Europa nos vigila de cerca.