“Aficionados”
Por Rafaél Gómez Ojeda
¡Ay Dios mío! que vejez más mala me estáis dando, con lo que yo os he dao, cuantas tardes de gloria acogiendo en mi seno a las mejores y más variadas figuras de este noble y grandioso arte llamado toreo, ahora me gusta decir con mayúsculas Fiesta Nacional, como me estáis dejando de lado, como me abandonáis diez meses al año, como os peleáis por mí, para después no cuidarme.
Me duele mi barrera, esas maderas arcaicas, que sólo las pintan y las pintan y en ellas viven recuerdos en primera persona de hazañas, de arte y de pellizco, de miedo y de vergüenza torera. Vergüenza que hoy no tiene nadie. Me duele mi callejón abarrotado, que es usado de arma periodística y de tapabocas, ya no se escuchan conversaciones con poso y sabiduría, ahora todo son chismes y charlatanería. Donde están esos intereses del vil dinero, dinero que mancha el duende y el arte. Me duele mi tendido, maltratado, mil veces despreciado por su apellido, “los del sol”, su piedra hecha canto redondeado, por donde resbala la razón y el criterio, en otros tiempos se sentaban aficionados, ahora recalan por un lado, clavel y postuleo y por otro chinos y americanos que bailan al son que marca la "mayoría", que poquitos aficionados me visitan, y los que vienen a verme no luchan por mí.
Mi primer piso me duele especialmente, en él se sientan los artistas más grandes, esos que me erizan el pelo de mis cimientos, esos que con sus sones de pasodoble, llaman a la fantasía y al arte de tú a tú. Por otro lado el despropósito más grande, el peor inquilino que he tenido, uno que me falta al respeto, que pone fácil la petición, que regala las orejitas de los toritos que ahora tengo. Uno que no me quiere, que sólo quiere a mi dueño, uno que no juzga lo que acontece en mi dorado albero, sólo quiere ser él y hace lo posible por señalarse. Me duelen hasta las tablas de mi segundo piso, esas que crujen de dolor, tengo achaques propios de mi edad, pero no me curan. Los abuelos como yo, están aquí arriba, con los más jóvenes, que bonita mezcla.
Eso es lo que veo en el espejo cuando me miro. A los míos los visten a la antigua usanza, los que me trabajan uniformados, y desde hace cinco años, lo único que me han puesto es una guirnalda, este año más pá arriba, pero es la misma.
¡Ay, como hecho de menos a mi novio José! Ese que decían que era el rey de los toreros, yo lo único que sé, es que me quería con locura y que manchan su nombre cuando lo mientan en falso. Violan su legado, su frase más célebre y yo que lo conozco como nadie, a él no le gustaría lo que ve, y lo que hay en este siglo XXI. Que feliz cuando me tatuaron su frase, pero visto lo visto, ahora me da vergüenza enseñarla.
Yo soy conocida en toda España y de un tiempo a esta parte ya no me codeo con mi amiga sevillana, sino que he pasado a ser un monumento, que en lo que se refiere a los toros, me codeo con Marbella y Benidorm.
Muchas veces, cuando me quedo sola, lloro recordando tiempos mejores, mi juventud, y me da pena cuando abren la puerta grande, toreros que no deberían ni haber abierto una hoja. No me extraña que por ahí, en ver de decirle puerta grande, ahora le digan Puerta 59 de la calle Valdés.