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"Remate a punta de capote" |
Temas Taurinos |
UN TORERO GADITANO EN MADRID
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Por Juan
Luis Penna, Secretario General de la Unión Taurina de Abonados de
España. "El torero que más me ha impresionado ha sido Manolete y el que más me ha gustado, Rafael Ortega, a quien considero además el torero más completo y el que ha toreado con mayor pureza" Antonio Chenel "Antoñete" (1985) |
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Corría el verano de 1949, cuando, en plena canícula, un domingo 14 de Agosto, se anunció en Madrid una de las tantas novilladas veraniegas, en las que, junto con novilleros ya veteranos y de escaso cartel, se solía hacer debutar algún nuevo diestro escasamente conocido por los aficionados; en este caso se anunciaba el debut de Rafael Ortega, de San Fernando (Cádiz), cuyo nombre poco o nada decía a los aficionados madrileños, aparte la coincidencia del apellido con el del célebre diestro de Borox; los más enterados recordaban vagamente que el año anterior un novillero de ese nombre y apellido había actuado en Sevilla la misma tarde en la que se presentó con gran‚ éxito en la Maestranza Frasquito, de quien se llegó a decir que iba a ser el sucesor del entonces recientemente fallecido Manolete, mientras que del gaditano Rafael Ortega apenas se había dicho nada, a pesar de que resolvió ese día una seria papeleta, despachando cinco novillos por cogida de sus compañeros.
Los aficionados, que aquel día canicular se reunieron en Las Ventas, salieron sorprendidos del oficio, conocimiento y maestría del debutante gaditano, cuyo aspecto, con calva incipiente y figura ligeramente encorvada, denunciaba que no se trataba de un niño, sino de un hombre ya hecho, que aparentaba aún mayor edad de la que realmente tenía.
El éxito motivó sucesivas repeticiones y el balance al final de aquella temporada ya le hacía acreedor al título de torero de Madrid: cuatro novilladas seguidas con tres salidas a hombros consecutivas y el anuncio de su alternativa en la propia Monumental a menos de cincuenta días desde su debut en el cartel de primerísima fila con toros de Buendía, de padrino el sevillano Manolo González entonces en pleno candelero y ojito derecho de la afición madrileña y de testigo el portugués Manuel Dos Santos en su mejor momento.
En dicha tarde de alternativa, por cogida del portugués, la corrida quedó en mano a mano y el éxito del nóvel espada fue rotundo con corte de una oreja del toro de la alternativa y otra del sexto (un sobrero de Escudero Calvo, lo que hoy es de Victorino) y cuarta salida a hombros por la Puerta de Madrid en menos de dos meses.
Solamente lo hasta aquí descrito justificaría, como queda dicho, el título de Rafael Ortega, torero de Madrid, pero he aquí que Rafael Ortega, tras cortar oreja en la corrida de inauguración en abril del siguiente año 1950, se proclamaba máximo triunfador en la Feria de San Isidro de dicho año, y a pesar del serio retraso que supuso para su carrera la gravísima cogida sufrida en Pamplona en el siguiente mes de Julio, de la que se salvó de la muerte de verdadero milagro, seguía triunfando en la plaza madrileña durante toda la década de los años cincuenta donde no hubo año sin algún éxito rotundo en muchas ocasiones con durísimas corridas, sumando un balance de orejas cortadas y salidas a hombros superado tan solo por contadísimos diestros en toda la historia de nuestra Plaza Monumental.
El reconocimiento que la afición de Madrid dio a este gran torero gaditano, y que también obtuvo de las aficiones de Sevilla y Barcelona, las dos plazas que con la de Madrid mayor importancia tenían en el toreo de aquella época, no fue sin embargo suficiente para que Rafael Ortega alcanzara entonces a nivel nacional e internacional el puesto de máxima figura del toreo que sin duda mereció, aunque fuese reconocido desde siempre su enorme prestigio como estoqueador, indudablemente uno de los mejores de toda la historia del toreo y posiblemente el mejor desde la posguerra. Hay quien dice que su gran estilo y seguridad como estoqueador lo perjudicó, pues dejó en segundo término su valía como torero; otros consideran que su figura, aparentando una edad superior a la que tenía, no le favoreció; también se ha dicho que no le administraron bien en su mejor época; sin duda la mala suerte de múltiples y graves percances interrumpió varias veces sus rachas de éxitos.
La realidad es que no alcanzó entonces el puesto que merecía por su extraordinaria calidad como torero. Con el capote era magistral en su forma de recoger a los toros, y su toreo a la verónica, templado y profundo, solamente podía verse igualado por el del maestro rondeño Antonio Ordóñez. Con la muleta toreaba prodigiosamente, especialmente con la izquierda al natural.
Estas indudables realidades no se han olvidado con el tiempo y algunas décadas después de su retirada se le recuerda como uno de los toreros más clásicos, más profundos y más importantes de este siglo, recibiendo con retraso el reconocimiento de máxima figura que, por lo que fuera, no llegó a obtener en su momento.
Los aficionados menos veteranos, ya que no los jóvenes, recordarán su última corrida en Madrid, en su reaparición tras algunos años de retirada, en la Feria de San Isidro del 1967, en la cual cortó dos orejas a un toro de Contreras
por una completa actuación con capote, muleta y espada, el mismo día en el cual Curro Romero se negó a matar a un toro; lo que son las cosas: llamó más la atención el mitin de Curro Romero (compensado, ésta es la verdad, con un gran‚ éxito el día siguiente) que la gran tarde de Rafael Ortega, quien tuvo que retirarse definitivamente poco después tras otra gravísima cogida sufrida en Barcelona.

En su tierra gaditana el diestro de San Fernando siguió, después de retirado, dictando lecciones de tauromaquia (y ojalá siga por muchos años). Un discípulo suyo, Ruiz Miguel, llegó también a ser torero de Madrid por sus éxitos en la Monumental, obtenidos, al igual que los de su maestro, con corridas duras, de Miura, Victorino y similares.
En el recuerdo de toreros de la provincia de Cádiz, a su paso por Las Ventas, hay otros que merecen ser recordados, como el murciano-algecireño Miguelín, que tuvo el récord de seis orejas cortadas a tres toros en una sola tarde, o Jerezano que cortó dos orejas a un Victorino en una tarde de verano y en tiempos más recientes grandes figuras del toreo como el malogrado Paquirri, Paco Ojeda o José Luis Galloso también con récord de cuatro orejas en una novillada y cómo dejar en el olvido a Rafael de Paula, el más emblemático torero gitano de los últimos tiempos y otros que harían demasiado larga la lista.
Sin embargo no hay duda de que Rafael Ortega fue el primer torero gaditano que mereció el título de torero de Madrid y todavía ahora, a los veinticinco años de su retirada y cuando ya nos acercamos a los cincuenta años de su debut y de su alternativa, merece el recuerdo y la máxima estimación de todos los aficionados, especialmente de los que tuvimos la fortuna de presenciar las actuaciones madrileñas de este gran torero y pudimos recordarle citando de largo y con la muleta en la izquierda en una característica actitud y en aquellas extraordinarias estocadas a volapié o en la suerte de recibir, con las cuales nos obsequiaba en todas sus actuaciones.
| El maestro Rafael Ortega falleció el 18 de Diciembre de 1997.
Fue un gran torero y hombre cabal. El autor de este artículo, mi buen amigo y gran aficionado italiano, afincado desde su niñez en Madrid, quien tuvo la suerte de ver triunfar al Maestro en tantas tardes gloriosas, publicó este artículo antes de la muerte del torero. Hoy lo ha propuesto de nuevo para nuestro deleite como homenaje y en recuerdo de aquel gran torero que fue Rafael Ortega. Él exprimió no sólo en el ruedo sino en su obra literaria "El toreo puro" los conceptos de su toreo eterno: "....así lo que yo veo, para hacer el toreo puro, es esta continuidad: citar, parar, templar y mandar, y a ser posible cargando la suerte". |
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