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"Recorte ceñido" |
Despeje de plaza |
MAESTRANZA DE VERANO
Por Daniel Pérez Lorenzo
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De un tiempo a esta parte a nuestra admirada Plaza Real se le ha ido llamando con el sobrenombre de "maestranza de verano". |
Orgullosos nos debíamos de sentir los portuenses y todos los que amamos el centenario y emblemático edificio sobre todo por lo de "maestranza" y, precisamente lo contrario por lo de "verano". Porque de veraneo es como desafortunadamente asisten muchos espectadores a presenciar los espectáculos taurinos que allí se convocan. Y no piensen los lectores que me refiero a la indumentaria sino al comportamiento que esgrimen algunos durante la lidia.
No hace mucho, un crítico taurino de un medio de difusión nacional enarboló su sevillanismo afirmando que gran parte de los aficionados que acuden al abono de El Puerto son asiduos a la maestranza. Y digo yo, ¿qué tiene El Puerto que hace cambiar el talante de éstos cuando asisten a su plaza?. ¿Por qué difiere tanto el cariz de los aficionados de una plaza a otra?. ¿Será que, aprovechando la época estival alzan y expresan sus verdaderos sentimientos hacia lo que entienden por Fiesta Nacional?. ¿O es que la rectitud que impone la chaqueta y la corbata modifica el carácter?.
Sin ánimos de dogmatizar y anteponiendo mis máximos respetos y admiración a los que se juegan la vida cada tarde, resulta inquietante presenciar cómo la Fiesta -salvo excepciones- se convierte en un espectáculo vulgar donde poco importan las mínimas reglas y tradiciones seculares heredadas de la tauromaquia. No se si será por deformación pero es notable el desconocimiento de una gran masa de espectadores de lo que debe ser la lidia en sí. No hay más que comprobar tarde tras tarde las ovaciones que se otorgan a los picadores por actuar de forma y manera contraria a lo que debe ser su labor: picar los toros; o los aplausos que reciben los banderilleros aun cuando sólo dejan una banderilla en el morrillo o dos en la paletilla; o los olés que se oyen en series de muletazos de dudosa ortodoxia; o la algarabía que se forma ante estocadas que penetran -no importa por donde- en el bovino. Y la mayoría de las veces fomentado por el actuante de turno en su afán de batir
récord de orejas y triunfos por aquello de la resonancia en prensa.
La verdad sea dicha es que bien sea por la actitud de los matadores, bien sea por la del público, en ocasiones se premian más la escenas típicas de las películas de Berlanga que las estampas de la tauromaquia tradicional. Pudiera ser por falta de sensibilidad, que lo dudo, o por carencia de cultura taurina.
Sin embargo, ante este panorama frenético de heterodoxia, digna es de destacar la labor del maestro Luis Francisco Esplá quien en detrimento de posibles lucimientos en los tercios finales de sus faenas es capaz de mostrar un derroche de sabiduría, sensibilidad y torería. No hace falta recordar el sublime tercio de varas -casi inédito en los tiempos que corren- con que nos deleitó su picador Anderson Murillo en la corrida de Victorino en Las Ventas. Que bella estampa la de ambos dando la vuelta al ruedo, compartiendo un triunfo: el de la Fiesta, para gozo y fortuna de los aficionados.
Sería injusto medir por el mismo rasero a todos los que componen el escalafón de matadores pero si desde el tendido no se capta el dramatismo en el ruedo y la importancia de lo que se está haciendo, algo falla. Quizá los equivocados o incomprendidos sean los que defienden una fiesta más pura -sin profundizar en el toro- y en consonancia con lo que tradicionalmente ha venido siendo el toreo. Y en esta reivindicación, en ningún momento se demanda sangre sino integridad en toda su extensión. Ese halo de superhombres que acompañan a los toreros es una patente de corso que corresponde únicamente a los que tarde tras tarde arriesgan su vida y no cabe lugar a la burda imitación. Ya lo dijo García Lorca: El toreo es, probablemente, la riqueza poética vital mayor de España. Es el drama puro.
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