Nº 6 - Septiembre de 2002
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IN MEMORIAN DE MANOLO MONTOLIU EN EL DÉCIMO ANIVERSARIO DE SU MUERTE
Por Paolo Nesti.

    Hace diez años, el primero de mayo de 1992, un toro de Atanasio Fernández mataba, de una cornada que le partió el corazón, a aquel gran torero de plata, que fue Manolo Montoliú, en la Maestranza de Sevilla. Yo estaba allí aquel día y al cumplirse los diez años de su muerte quiero recordarle con la misma conmoción y el mismo dolor de entonces. Esta fiesta es una fiesta trágica, nadie lo niega, y como tal una tenue línea divide la vida de la muerte y el éxito del fracaso. ¡Cara y cruz del toreo! Cuántas veces el triunfo o el fracaso depende de la casualidad. En un decir amén la balanza puede inclinarse de un lado o de otro. La suerte en los toros nunca está decidida de antemano; nunca se puede saber lo que ocurrirá. Corrochano estaba en Talavera el día de la muerte de Joselito. Cuenta que acercándose Joselito a la barrera a coger los trastos, le dijo el torero: "El toro ha perdido la vista en los caballos" "El toro me parece burriciego" le contestó Corrochano. Cada uno razonaba su punto de vista y antes de ponerse de acuerdo el clarín iba anunciando que había llegado la hora de la muerte. Joselito se fue hacia su muerte, con la idea fija, seguro de su experiencia, que el toro había perdido la vista en los caballos, mientras Corrochano creía que fuese burriciego de los que no ven de cerca. No se pusieron de acuerdo y se quedó la duda. Ya era igual. A Joselito le había matado el toro.

     En el verano, en el ardiente agosto de 1934 moría Ignacio Sánchez Mejías, a las cuarenta horas de haber sido cogido y herido mortalmente por un toro en la plaza de Manzanares. El gran poeta y escritor de la generación del 27, José Bergamín, estaba allí y le vio matar y le vio morir. Cuenta Bergamín: "...le vi morir de una perezosa y larga muerte, que fue agonía, a la que asistí sin separarme de su lado desde le enfermería de la plaza de Manzanares hasta el sanatorio de Madrid. Casi exactamente cuarenta horas duró aquella muerte perezosa y larga, aquella dolorosísima agonía. Algunas veces la he contado. La recordaré siempre tan terrible como una pesadilla irreal. Le mató el toro en el ruedo, más o menos a la cinco de la tarde "Ignacio Sánchez Mejías no tenía que torear en Manzanares; fue a reemplazar a Domingo Ortega, que estaba enfermo. Accedió tras breve meditación; estuvo a punto de desistir. El matador expuso sus cavilaciones a su mozo de estoque. Total: no hubo rectificación. Todo quedó decidido Ignacio Sánchez Mejiás nunca había toreado en Manzanares; le asustaban los ruedos pueblerinos. Dijo a sus peones "...convendría que fueran ustedes, apenas lleguemos, a ver cómo está la enfermería..." Se instaló en el Parador en la habitación, la número 13, reservada para Domingo Ortega. No le hizo mucha gracia el numerito. Llegó la hora de la corrida. Cuando llegó su turno, citó al toro sentado en el estribo. Era un pase normal de su repertorio. En el primer viaje pasó bien; el segundo muletazo resultó menos apretado y a la salida el toro se quedó más abierto. Al entrar en el tercer embiste, el animal con la mole de su cuerpo le atropelló y le lanzó contra la tapia y le metió una cornada en el muslo derecho. Ignacio se agarró al cuerno, pero no logró soltarse. Quedó colgado y así salió hacia las afueras. Le hicieron el quite, pero todo estaba decidido y casi exactamente cuarenta horas duró aquella "muerte perezosa y larga". Ignacio no tenia que torear en Manzanares, no quería torear en ruedos pueblerinos, pero aquel día la balanza se inclinó hacia la muerte.

     Aquel primero de mayo de 1992 yo estaba en mi asiento del tendido 7, bastante cerca del lugar donde Montoliú se preparaba a banderillear. Eran las siete de la tarde y se iba a iniciar la corrida, marcada con el número 13, de la temporada de la Feria de Abril. La tarde iba revuelta porque aquel mismo día entraba en vigor el nuevo reglamento taurino que reducía el peso de los caballos, el tamaño del peto, el tipo de puya. Ya antes de la corrida había habido problemas con los picadores, llegando hasta una amenaza de huelga. La terna estaba compuesta por José Mari Manzanares, Niño de la Capea y Ortega Cano con toros de la ganadería salmantina de Atanasio Fernández. Manolo Montoliú iba en la cuadrilla del torero alicantino desde hacía algunas temporadas. Se inició la corrida en una tarde soleada de una Sevilla primaveral. Había lanceado Manzanares con el capote entre ovaciones. Montoliú, tras el cambio de tercio, tomó las banderillas con su habitual elegancia. El toro de Atanasio Fernández se encontraba un poco retraído en tablas en el terreno entre el tendido 7 y 9. Montoliú anduvo al toro, paso a paso, con torería, algo en él natural, siendo un torero de los pies a la cabeza. Lejos de cualquier ventaja, de cuarteos precipitados, quiso hacer la suerte con toda la verdad del mundo. Cuando inició la carrera hacia el toro, estaba cantada la culminación de uno de los formidables pares, a los cuales nos había acostumbrado el extraordinario banderillero valenciano. En el momento que hacía la reunión con autenticidad el toro le prendió. La cogida resultó escalofriante. El pitón entró en el costado derecho, le atravesó el pecho y le partió el corazón. Al ser llevado camino de la enfermería el cuerpo de Montoliú pasó por el callejón debajo de mi tendido. Vi un cuerpo agónico, los ojos vidriosos, la boca semiabierta, la mirada hacia una nada insondable. Al llegar a la enfermería Montoliú estaba ya muerto. Continuó la corrida; Manzanares despachó el toro asesino rápidamente. En la plaza empezaban los primeros rumores. Mientras se lidiaba por parte del Niño de la Capea el segundo toro de la tarde se extendió la voz que Montoliú había ingresado cadáver en la enfermería. Los gestos de dolor de quienes se encontraban en las cercanías de la puerta de la enfermería parecían confirmarlo. Después de arrastrarse el segundo toro la corrida fue suspendida. Se hizo un espontáneo silencio, uno de los más triste y dolorosos que recordamos en la Maestranza. Maestranza, que al conocerse la muerte de Montoliú, se estremeció de arriba a abajo, preguntando al viento caliente de la tarde de mayo un por qué, que no tenía respuesta. Y abajo justo en el callejón, tras el burladero de los reporteros gráficos, vi a un hombre llorar: era el más veterano de los fotógrafos taurinos. Era Francisco Cano. Su máquina había retratado más del último medio siglo de la historia del toreo. Este hombre en la soledad de ese burladero rompió a llorar, porque, en ese instante, se le agolparon los recuerdos de un 28 de agosto, en la plaza de Linares, cuando vio con su objetivo cómo un toro de Miura, de nombre "Islero" hería mortalmente a Manuel Rodríguez "Manolete". Manolo Montoliú era un torero de los pies a la cabeza, tenía una cabeza clara de torero. Había nacido en una casa donde se respiraba el arte de torear, donde su padre fue un extraordinario picador, tenía casta de torero, de esos grandes toreros, que da Valencia, aunque actúen de subalternos. Estuvo pocos años como novillero. En la temporada de 1979 entró en la cuadrilla de El Soro, que iniciaba por entonces su andadura torera, para pasar en el tiempo a la cuadrilla de Paco Ojeda y después, en 1985, de Antoñete, quien le estimuló a tomar la alternativa. Efectivamente a la vista de sus triunfos, a comienzos de 1986 durante la feria de Castellón, tomó la alternativa de manos de Julio Robles y con Espartaco de testigo. Yo le vi torear días después en Valencia. Sobresalió solo en banderillas. No era ese su camino. Al término de esa temporada decidió volver al escalafón de los hombres de plata sin quejas, sin rencores y volvió a colocarse inmediatamente entre los primeros. Se fue a la cuadrilla de José Mari Manzanares, matador que apreciaba y que le gustaba por su corte artístico. Con el torero alicantino se quedó hasta la mortal cogida. Fue el torero que más se desmonteró en su no larga trayectoria torera; fue el torero que más que nadie cosechó premios prestigiosos y trofeos de todas las más importantes ferias taurinas. Pregunté un día a Julio Pérez El Vito, uno de los más prestigiosos banderilleros de los últimos cuarenta años, cómo tiene que ser el arte de banderillear. Me contestó: "¿Conoces a Montoliú? Ese es la perfeción en banderillas: cita al toro, le anda muy bien, se deja ver al comienzo de frente, luego dando medio pecho, todo despacio, con la figura muy natural. Después con el toro muy fijo en él, llega hasta su jurisdicción, alza los palos, clava y sale andando, muy torero. ¡Qué sencillo parece en él! ¡Cual pureza! Fíjate en él y aprenderás qué es banderillear." Hice tesoro de las palabras del gran maestro sevillano y viendo banderillear a Montoliú pude apreciar esa suerte tan bonita del toreo. Su pureza le costó la vida. Dicen que el toro estaba poco y mal picado; alguien dijo que murió por culpa de la puesta en vigor del nuevo reglamento, que se refiere a la suerte de varas. Nadie sabrá la verdad. Murió por la mucha verdad, por la autenticidad en la realización de la suerte, que puso el gran banderillero. Podía aliviarse, pero no lo hizo. No había venido a Sevilla y por primavera a colocar unas banderillas cuarteando y marcharse precipitadamente. Se fue con toda la grandeza de los mejores toreros, se fue lleno de gloria, la gloria torera de un subalterno, que ya es historia del arte de torear. El día primero de mayo de este año no fui a los toros; no sé, ni he leído si en cualquier plaza de España las cuadrillas hicieron el paseíllo desmonteradas y si se guardó un minuto de silencio en el aniversario de la muerte de Montoliú. Todo pasa rápidamente, todo se olvida. Que en paz descanse.