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MEMORIAN DE MANOLO MONTOLIU EN EL DÉCIMO ANIVERSARIO DE
SU MUERTE
Por
Paolo Nesti.
Hace
diez años, el primero de mayo de 1992, un toro de Atanasio
Fernández mataba, de una cornada que le partió el
corazón, a aquel gran torero de plata, que fue Manolo Montoliú,
en la Maestranza de Sevilla. Yo estaba allí aquel día
y al cumplirse los diez años de su muerte quiero recordarle
con la misma conmoción y el mismo dolor de entonces. Esta
fiesta es una fiesta trágica, nadie lo niega, y como tal
una tenue línea divide la vida de la muerte y el éxito
del fracaso. ¡Cara y cruz del toreo! Cuántas veces
el triunfo o el fracaso depende de la casualidad. En un decir
amén la balanza puede inclinarse de un lado o de otro.
La suerte en los toros nunca está decidida de antemano;
nunca se puede saber lo que ocurrirá. Corrochano estaba
en Talavera el día de la muerte de Joselito. Cuenta que
acercándose Joselito a la barrera a coger los trastos,
le dijo el torero: "El toro ha perdido la vista en los caballos"
"El toro me parece burriciego" le contestó Corrochano.
Cada uno razonaba su punto de vista y antes de ponerse de acuerdo
el clarín iba anunciando que había llegado la hora
de la muerte. Joselito se fue hacia su muerte, con la idea fija,
seguro de su experiencia, que el toro había perdido la
vista en los caballos, mientras Corrochano creía que fuese
burriciego de los que no ven de cerca. No se pusieron de acuerdo
y se quedó la duda. Ya era igual. A Joselito le había
matado el toro.
En el verano, en el ardiente agosto de
1934 moría Ignacio Sánchez Mejías, a las
cuarenta horas de haber sido cogido y herido mortalmente por un
toro en la plaza de Manzanares. El gran poeta y escritor de la
generación del 27, José Bergamín, estaba
allí y le vio matar y le vio morir. Cuenta Bergamín:
"...le vi morir de una perezosa y larga muerte, que fue agonía,
a la que asistí sin separarme de su lado desde le enfermería
de la plaza de Manzanares hasta el sanatorio de Madrid. Casi exactamente
cuarenta horas duró aquella muerte perezosa y larga, aquella
dolorosísima agonía. Algunas veces la he contado.
La recordaré siempre tan terrible como una pesadilla irreal.
Le mató el toro en el ruedo, más o menos a la cinco
de la tarde "Ignacio Sánchez Mejías no tenía
que torear en Manzanares; fue a reemplazar a Domingo Ortega, que
estaba enfermo. Accedió tras breve meditación; estuvo
a punto de desistir. El matador expuso sus cavilaciones a su mozo
de estoque. Total: no hubo rectificación. Todo quedó
decidido Ignacio Sánchez Mejiás nunca había
toreado en Manzanares; le asustaban los ruedos pueblerinos. Dijo
a sus peones "...convendría que fueran ustedes, apenas
lleguemos, a ver cómo está la enfermería..."
Se instaló en el Parador en la habitación, la número
13, reservada para Domingo Ortega. No le hizo mucha gracia el
numerito. Llegó la hora de la corrida. Cuando llegó
su turno, citó al toro sentado en el estribo. Era un pase
normal de su repertorio. En el primer viaje pasó bien;
el segundo muletazo resultó menos apretado y a la salida
el toro se quedó más abierto. Al entrar en el tercer
embiste, el animal con la mole de su cuerpo le atropelló
y le lanzó contra la tapia y le metió una cornada
en el muslo derecho. Ignacio se agarró al cuerno, pero
no logró soltarse. Quedó colgado y así salió
hacia las afueras. Le hicieron el quite, pero todo estaba decidido
y casi exactamente cuarenta horas duró aquella "muerte
perezosa y larga". Ignacio no tenia que torear en Manzanares,
no quería torear en ruedos pueblerinos, pero aquel día
la balanza se inclinó hacia la muerte.
Aquel primero de mayo de 1992 yo estaba
en mi asiento del tendido 7, bastante cerca del lugar donde Montoliú
se preparaba a banderillear. Eran las siete de la tarde y se iba
a iniciar la corrida, marcada con el número 13, de la temporada
de la Feria de Abril. La tarde iba revuelta porque aquel mismo
día entraba en vigor el nuevo reglamento taurino que reducía
el peso de los caballos, el tamaño del peto, el tipo de
puya. Ya antes de la corrida había habido problemas con
los picadores, llegando hasta una amenaza de huelga. La terna
estaba compuesta por José Mari Manzanares, Niño
de la Capea y Ortega Cano con toros de la ganadería salmantina
de Atanasio Fernández. Manolo Montoliú iba en la
cuadrilla del torero alicantino desde hacía algunas temporadas.
Se inició la corrida en una tarde soleada de una Sevilla
primaveral. Había lanceado Manzanares con el capote entre
ovaciones. Montoliú, tras el cambio de tercio, tomó
las banderillas con su habitual elegancia. El toro de Atanasio
Fernández se encontraba un poco retraído en tablas
en el terreno entre el tendido 7 y 9. Montoliú anduvo al
toro, paso a paso, con torería, algo en él natural,
siendo un torero de los pies a la cabeza. Lejos de cualquier ventaja,
de cuarteos precipitados, quiso hacer la suerte con toda la verdad
del mundo. Cuando inició la carrera hacia el toro, estaba
cantada la culminación de uno de los formidables pares,
a los cuales nos había acostumbrado el extraordinario banderillero
valenciano. En el momento que hacía la reunión con
autenticidad el toro le prendió. La cogida resultó
escalofriante. El pitón entró en el costado derecho,
le atravesó el pecho y le partió el corazón.
Al ser llevado camino de la enfermería el cuerpo de Montoliú
pasó por el callejón debajo de mi tendido. Vi un
cuerpo agónico, los ojos vidriosos, la boca semiabierta,
la mirada hacia una nada insondable. Al llegar a la enfermería
Montoliú estaba ya muerto. Continuó la corrida;
Manzanares despachó el toro asesino rápidamente.
En la plaza empezaban los primeros rumores. Mientras se lidiaba
por parte del Niño de la Capea el segundo toro de la tarde
se extendió la voz que Montoliú había ingresado
cadáver en la enfermería. Los gestos de dolor de
quienes se encontraban en las cercanías de la puerta de
la enfermería parecían confirmarlo. Después
de arrastrarse el segundo toro la corrida fue suspendida. Se hizo
un espontáneo silencio, uno de los más triste y
dolorosos que recordamos en la Maestranza. Maestranza, que al
conocerse la muerte de Montoliú, se estremeció de
arriba a abajo, preguntando al viento caliente de la tarde de
mayo un por qué, que no tenía respuesta. Y abajo
justo en el callejón, tras el burladero de los reporteros
gráficos, vi a un hombre llorar: era el más veterano
de los fotógrafos taurinos. Era Francisco Cano. Su máquina
había retratado más del último medio siglo
de la historia del toreo. Este hombre en la soledad de ese burladero
rompió a llorar, porque, en ese instante, se le agolparon
los recuerdos de un 28 de agosto, en la plaza de Linares, cuando
vio con su objetivo cómo un toro de Miura, de nombre "Islero"
hería mortalmente a Manuel Rodríguez "Manolete".
Manolo Montoliú era un torero de los pies a la cabeza,
tenía una cabeza clara de torero. Había nacido en
una casa donde se respiraba el arte de torear, donde su padre
fue un extraordinario picador, tenía casta de torero, de
esos grandes toreros, que da Valencia, aunque actúen de
subalternos. Estuvo pocos años como novillero. En la temporada
de 1979 entró en la cuadrilla de El Soro, que iniciaba
por entonces su andadura torera, para pasar en el tiempo a la
cuadrilla de Paco Ojeda y después, en 1985, de Antoñete,
quien le estimuló a tomar la alternativa. Efectivamente
a la vista de sus triunfos, a comienzos de 1986 durante la feria
de Castellón, tomó la alternativa de manos de Julio
Robles y con Espartaco de testigo. Yo le vi torear días
después en Valencia. Sobresalió solo en banderillas.
No era ese su camino. Al término de esa temporada decidió
volver al escalafón de los hombres de plata sin quejas,
sin rencores y volvió a colocarse inmediatamente entre
los primeros. Se fue a la cuadrilla de José Mari Manzanares,
matador que apreciaba y que le gustaba por su corte artístico.
Con el torero alicantino se quedó hasta la mortal cogida.
Fue el torero que más se desmonteró en su no larga
trayectoria torera; fue el torero que más que nadie cosechó
premios prestigiosos y trofeos de todas las más importantes
ferias taurinas. Pregunté un día a Julio Pérez
El Vito, uno de los más prestigiosos banderilleros de los
últimos cuarenta años, cómo tiene que ser
el arte de banderillear. Me contestó: "¿Conoces
a Montoliú? Ese es la perfeción en banderillas:
cita al toro, le anda muy bien, se deja ver al comienzo de frente,
luego dando medio pecho, todo despacio, con la figura muy natural.
Después con el toro muy fijo en él, llega hasta
su jurisdicción, alza los palos, clava y sale andando,
muy torero. ¡Qué sencillo parece en él! ¡Cual
pureza! Fíjate en él y aprenderás qué
es banderillear." Hice tesoro de las palabras del gran maestro
sevillano y viendo banderillear a Montoliú pude apreciar
esa suerte tan bonita del toreo. Su pureza le costó la
vida. Dicen que el toro estaba poco y mal picado; alguien dijo
que murió por culpa de la puesta en vigor del nuevo reglamento,
que se refiere a la suerte de varas. Nadie sabrá la verdad.
Murió por la mucha verdad, por la autenticidad en la realización
de la suerte, que puso el gran banderillero. Podía aliviarse,
pero no lo hizo. No había venido a Sevilla y por primavera
a colocar unas banderillas cuarteando y marcharse precipitadamente.
Se fue con toda la grandeza de los mejores toreros, se fue lleno
de gloria, la gloria torera de un subalterno, que ya es historia
del arte de torear. El día primero de mayo de este año
no fui a los toros; no sé, ni he leído si en cualquier
plaza de España las cuadrillas hicieron el paseíllo
desmonteradas y si se guardó un minuto de silencio en el
aniversario de la muerte de Montoliú. Todo pasa rápidamente,
todo se olvida. Que en paz descanse.