Nostalgia de un torero que fue
Rafael Gómez "El Gallo"
El Divino clavo
Por
Paolo Nesti.
Rafael Gómez el Gallo,
genio, gitano y artista, era el arquetipo y la quintaesencia del
torero de arte. Padre espiritual de los Curros, de los Rafael
de Paula de los tiempos actuales, El Gallo toreaba con sortilegio,
con el misterio propio de una raza, tan distinta de la nuestra,
que solamente el toreo gitano se puede acompañar por guitarra.
Rafael, el divino calvo, tenía todos los elementos mágicos
del toreo gitano. De él y de los toreros gitanos en su
libro "Discurso de los toreros", Joaquín Romero
y Murube dijo: " ...los gitanos tienen del tiempo y del espacio,
es decir, de las dos extensiones puras de la existencia, una medida
aparte de los demás mortales. Y en el toreo esto lo manifiestan
maravillosamente. ¿Os acordáis de aquella lentitud
infinita del capote de Curro Puya?. Parecía que su media
verónica iba impregnada en un óleo denso de nardos
y aceitunas. Esto en cuanto al tiempo. El espacio lo suelen revolucionar
los gitanos con la arrabolera, con la larga, con esas peculiares
improvisaciones en la que el capote sube de pronto y se convierte
en pájaro, en salomónica columna que vuele, en palmera
que busca el sol, en mágicos tirabuzones de colores que
establecen una lejanía infinita entre el toro y el artista."
Rafael era el torero gitano
por antonomasia no solo en la plaza, sino en la vida. Inventó
muchos pases: el del Celeste Imperio, el cambio de muleta por
detrás a la espalda, la serpentina, el pase de castigo
con la izquierda. Aunque nacido en Madrid fue sevillano por los
cuatro costados. Aún hoy en las tabernas del Arenal o en
los bares al lado de la Maestranza todavía se encuentran
viejos aficionados, que aún se acuerdan de él. Delante
una copita de fino o de manzanilla, sentados en las mesas de "Los
tres reyes" o de la "Gloria Bendita" a baja voz,
como si tuvieran confesarte un secreto, te dicen: "...Rafael
estaba loco y nadie lo sabía".
Copita
tras copita, vaso tras vaso surgen los recuerdos, se revelan secretos
de un hombre, de un torero inolvidable; nacen los recuerdos de
un torero, que fue "cantaor" de su propia leyenda. Y
como me lo contaron delante de una copa de Fino Quinta o de La
Gitana, así os cuento la historia de un torero genial,
quintaesencia del toreo que fue. El recuerdo de él vuela
por los cielos de Sevilla, cuando llega la primavera. "¡Por
ahí viene El Gallo!. Ya es primavera. ¡Ya está
aquí la feria!" solían decir los sevillanos.
Rafael el Gallo pasaba el
invierno en letargo, encerrado en el piso que su hermana Lola,
mujer de Ignacio Sánchez Mejías, poseía al
lado de La Campana en el mismísimo corazón de Sevilla.
Cuando la primavera iba perfumando las calles de Sevilla, El Gallo
se despertaba de su prolongado letargo y se echaba a la calle
a dar su inconfundible paseíllo. La gente lo veía
andar por Sierpes, dirigiéndose hacia la tertulia de Los
Corales. La gente lo veía pasar como una estampa torera,
imposible de olvidar: sombrero de ala ancha, clavel en la solapa,
pañuelo de seda al cuello y su eterno cigarro entre los
dedos. Rafael el Gallo: eternamente rico, eternamente pobre. Para
él el dinero era papel al viento, era como la marea que
sube y baja por el Guadalquivir, el cuento de la cigala, vestida
de seda y oro. Cuando las cosas venían por derecho y buenas,
era el acabose, el summum, la borrachera, el no plus ultra del
arte y de la gracia torera; en las tardes de espantá se
echaba en el callejón de cabeza. Me sigue diciendo el viejo
aficionado: "...daba pena verlo cuando se tiraba de cabeza
al callejón, con aquella calva llena de arena y el semblante
desencajado y amarillo como un limón y los ojos saliéndose
de las cuencas, mirando aterrorizado por allí y por aquí,
como si tuviera por dentro un espíritu de los malos; pero
cuando el santo se ponía mirando para él... ¡Aquí
era el Acabóse!"
Misteriosas desapariciones
en los rincones más recónditos de las repúblicas
americanas y ...Pastora Imperio, tópico de los tópicos...
y al final terminar sus días en letargo en la casa de su
hermana Lola. Rafael el Gallo hablaba solo y casi siempre maldiciendo
a Pastora Imperio, que había sido su esposa y a la que
achacaba y culpaba de sus mareas y vientos negros. Cuando la tormenta
interior descargaba, la culpa era de Pastora, intercalando su
soliloquio con palabras "gruesas" dirigidas hacia la
que había sido su mujer.
En las tardes gloriosas, cuando el toro se congeniaba con su estilo,
cuando el toro dialogaba con él, solía decir: "A
cada pase que doy me saltan las lagrimas". Su toreo era plasticidad,
armonía, estética taurina en su mayor pureza, era
clásico como los clásicos y ...romántico
como ninguno.
Ejecutaba todas las suertes
del toreo no solo a la perfección, sino impregnándolas
de un sello personalísimo, una gracia y un donaire no ya
insuperable sino inigualables. Fue por antonomasia artista del
toreo, acertó a imprimir a sus grandes faenas una suavidad
y una inspiración que ningún otro torero supo producir
tan intensas emociones estéticas. Incomprendido por la
mayoría de las personas que se nutren de tópicos
fue un torero solitario, que no dejó escuela. Como los
grandes genios fue un "pájaro solitario". Fue
un torero mágico, que no plantó nunca cara en el
ruedo a nadie; fue solo por el toreo y en la vida con sus ángeles
y sus demonios. No conoció la envidia; su soledad y su
locura no era algo que estuviera pegado a la tierra. Por dentro
de su alma anidaba el espíritu de la contradicción.
Era melancólico y con la cabeza por las nubes. Compasivo
ante las desgracias de otros y de una abulia crónica de
la que no sanó nunca. Dilapidó una fortuna en extravagancias.
Dilapidó todo lo que había cobrado a costa de su
sangre y menos mal que al final de su vida Juan Belmonte le protegió
como un niño y no consintió nunca que muriera de
hambre. Por Sierpes iban los dos viejos toreros y todo el mundo
sabía adonde iban. ¡Juan y Rafael mano a mano por
Sierpes!. Un sombrero de ala ancha y otro de ala flexible, dos
claveles en las solapas, un pañuelo de seda al cuello y
una corbata; dos andares distintos. La gente entonaba al verlos
pasar juntos sus admiraciones disparejas: "Juan..."
"¡El Gallo!". Los dos viejos toreros iban a la
tertulia de "Los Corales".
Sentados en "Los Corales"
dos hombres silencios, costosos cigarros entre los dedos, uno
perdido en sí mismo mira las nubes de humo, que van hacia
arriba. El otro fija un punto perdido del lugar, moviendo lentamente
los labios en un soliloquio interior. Uno es Juan; el otro es
Rafael.
Juan Belmonte y Rafael el
Gallo: dos cantes grandes, dos duendes, dos filosofías
distintas, dos diversas tragedias puestas en el mismo escenario.
¡El Gallo: torero inolvidable, un torero que pasó
más allá de su propia personal historia para terminar
"cantaor" de su leyenda!. Tenía palabras por
todos; jugueteaba con el sombrero de ala ancha, moviéndolo
de un lado a otro, de arriba abajo, según como soplaban
los vientos de sus recuerdos.
Llegó una primavera
y Rafael El Gallo no apareció por la calle. "¡Algo
pasa! Estamos de primavera y Rafael aún no se ha visto
por Sierpes" dijeron los sevillanos. Nadie le despertó
aquella mañana del 25 de mayo de 1960. El torero se quedó
dormido para siempre. Eligió para irse a las estrellas
el mismo mes que su hermano Joselito. Fue eso el último
misterio, que tenía que expresar.