Bernardo
Gaviño Rueda (Puerto Real 1812 - Texcoco 1886), introductor
del toreo moderno en México.
Por José Almenara Barrios
La Bahía de Cádiz
es una de las columnas importantes donde se asienta la actual
tauromaquia. De todos son conocidas las contribuciones al hecho
taurino de ciudades como Cádiz, Chiclana, El Puerto de
Santa María o San Fernando. Queremos reivindicar en este
apunte, la incorporación de la Villa de Puerto Real a la
ilustre lista de ciudades ribereñas que tienen algo que
“decir” en la historia taurina. Pretendemos darle
un lugar de privilegio al recordar que en ella nació Bernardo
Gaviño Rueda, torero poco conocido por el gran publico,
pero que como veremos fue uno de los pilares, quizás el
más importante, para la universalización del toreo
como espectáculo. Gaviño representa uno de los canales
por donde fluye la nueva tauromaquia española a los pueblos
americanos, y de manera muy especial a México.
De Bernardo Gaviño nos dice Cossio:
“Matador
de toros, nacido en Puerto Real (Cádiz) el 20 de agosto
de 1812 (otros autores dan el año de 1810), hijo de José
Gaviño y de María de las Nieves Rueda. Era pariente,
aunque lejano de Juan León (“Leoncillo”), de
quien recibió las primeras lecciones (...)”.
Sabemos que Bernardo da
sus primeros pasos taurómacos con Bartolomé Ximénez
Acosta, rescatado en la obra de Guillermo Boto Cádiz, origen
del toreo a pie (1661-1858), y del que dice:
“Banderillero
primero y matador después, nacido en Cádiz. Era
hijo de Bartolomé, famoso picador y sobrino del también
picador Manuel Jiménez, “tío Manuel”,
como le llamaba Pedro Romero”.
Bartolomé murió en Oporto en 1823 siendo Bernardo
Gaviño banderillero de su cuadrilla, que tendría
en aquellas fechas 11 (ó 13) años de edad.
Se conoce que desde 1835 Gaviño viaja por toda América,
recalará en Montevideo, en La Habana, que presumiblemente
le traería recuerdos de su Bahía, y por fin en México,
donde fijará de manera definitiva su residencia.
De su forma de torear conocemos muy poco, pero de nuevo Cossio
nos aporta una semblanza del mismo apoyándose en el trabajo
publicado en 1854 en La Habana por don José Corrales, del
que seleccionó el siguiente párrafo:
“(...)
era un torero de genio que ejecutaba las suertes según
las circunstancias en que se encontraba; de corazón sereno
y de una gracia singular. Conocedor del toreo de Juan León
y otros contemporáneos, no se vició en cuanto al
arte, conservando, en medio de toreros extravagantes, el sello
del lidiador andaluz, así en el método de torear
como en el de vestir”.
No sabemos si Bernardo conoce la Tauromaquia de Paquiro, que se
editó por primera vez en 1836, y por la que se reconoce
a su autor como el gran reformista de la fiesta. Probablemente
algún ejemplar le llegó a Gaviño de esa o
de una edición posterior. De lo que no cabe duda, es que
a él compete ser el introductor de los nuevos derroteros
de la tauromaquia en América haciendo posible la “reforma”
en México. Gaviño es el introductor de una “nueva”
forma de hacer el toreo en la Republica americana. En medio de
“toreros extravagantes”1 Gaviño impone su toreo
y arrincona a la vieja tauromaquia criolla, convirtiéndose
nuestro torero de Puerto Real en el eje principal de la fiesta
en México.
Llegará a ser el director
de lidia indiscutible, el maestro de los toreros mexicanos, reformará
a la manera de Paquiro la lidia a pie en México, y terminará
siendo empresario de muchas plazas de allí donde alternó
con los toreros españoles que empezaban a llegar
De la trascendencia de su quehacer nos da idea dos circunstancias
que deben avalar la tesis presentada.
Por un lado, la sorpresa
que debieron llevarse los primeros lidiadores españoles
actuantes en México al ser censurados y abucheados cuando
mataban las reses al volapié, suerte no considerada por
los primeros espectadores mexicanos sujeta a los cánones
del toreo. Posiblemente porque Gaviño no la practicaba,
él se decantó por la estocada de metisaca que llegó
incluso a ser conocida en México como “estocada española”,
lo cual nos induce a pensar en la poderosa influencia de Bernardo
en los orígenes del toreo moderno en ese país.
Y por otro, el magisterio
ejercido sobre Ponciano Díaz (1858-1897) primer matador
de toros mexicanos que confirma su alternativa en Madrid. Ponciano
estuvo a las ordenes de Gaviño formando parte de su cuadrilla
durante seis meses. Podemos considerar a Ponciano como un torero
de transición, no abandona las viejas formas del toreo
autóctono (pone banderillas a caballo, realiza las suertes
del manganeo, pealeo, acoso y derribo) pero maneja la muleta,
y mata con “suma facilidad” en la suerte de “aguantar”,
presuponemos que por el magisterio de Bernardo.
Para finalizar, presentamos
la última y trágica actuación de Gaviño
el 31 de enero de 1886 en Texcoco, y donde nuestro diestro, que
ya ha sobrepasado los setenta años, se topa con la muerte
en circunstancias impropias para alguien que representó
tanto en la consolidación del toreo en México. Nos
cuenta “Recortes”:
“(...)
En tercer lugar salió un toro negro zaino, meleno, bien
encornado y de pocas libras, perteneciente a la ganadería
de Ayala. El toro resultó bravo, tomó ocho puyazos,
matando dos caballos, pasando a banderillas con mucho poder y
ligereza de patas. El viejo Gaviño estaba contentísimo
y hacía elogios de la nervosidad del burel. Tocaron a matar,
y el diestro de Puerto Real, que vestía terno negro, con
adornos de seda negra, armó la muleta y se dispuso a estoquear
aquel toro, que había sido por su nervosidad el terror
de la cuadrilla. El anciano espada, con gran serenidad y completamente
solo, se fue hacia la res, presentando la muleta, que el toro
tomó bien; pero al rematar el pase se revolvió,
y como el caduco torero no tenía ya el vigor necesario
para afirmarse en las piernas, fue cogido por la espalda, suspendido
y engatillado, recibiendo una herida en la proximidad del ano,
hacia la derecha, en la región anatómica llamada
por los facultativos hueco isquio rectal. No obstante lo doloroso
de la lesión y de que causó abundante hemorragia,
detalle de que se dio cuenta Gaviño, pues llevó
la mano al sitio lesionado y la apartó tinta en sangre,
no se acobardó, y con entereza de ánimo y por su
pie se retiró a la enfermería, que no era tal, sino
un sucio y desmantelado cuartucho que tenía en uno de los
rincones una vieja cama y en el otro un montón de heno.
Allí, una hora después del accidente, le fué
practicada la primera cura. La gravedad de la herida, por la infección
que sobrevino, comenzó cuarenta y ocho horas después
de la cogida, y el viejo torero, en los momentos de fiebre, deliraba
con asuntos de tauromaquia, recuerdos de sus campañas y
de los percances sufridos. El día 3 de febrero fué
trasladado de Texcoco a México, donde residía, y
donde murió a las nueve y media de la noche del 11 de febrero
de 1886”.
Tras la lectura del pasaje
de su trágica muerte, me vienen a la cabeza lo leído
y escuchado a ganaderos y aficionados mexicanos que hacen una
sentida reivindicación de la figura de Gaviño. Expresando
su extrañeza por el desconocimiento que tenemos en su país
del papel desempeñado por Bernardo en el nacimiento y desarrollo
de la tauromaquia moderna en México.
Debemos concluir, pues, reclamando
el trascendental puesto que debe ocupar el torero de Puerto Real
como pieza clave para entender la organización moderna
del espectáculo taurino en América.