Nº 8- Mayo de 2003
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Bernardo Gaviño Rueda (Puerto Real 1812 - Texcoco 1886), introductor del toreo moderno en México.
Por José Almenara Barrios

La Bahía de Cádiz es una de las columnas importantes donde se asienta la actual tauromaquia. De todos son conocidas las contribuciones al hecho taurino de ciudades como Cádiz, Chiclana, El Puerto de Santa María o San Fernando. Queremos reivindicar en este apunte, la incorporación de la Villa de Puerto Real a la ilustre lista de ciudades ribereñas que tienen algo que “decir” en la historia taurina. Pretendemos darle un lugar de privilegio al recordar que en ella nació Bernardo Gaviño Rueda, torero poco conocido por el gran publico, pero que como veremos fue uno de los pilares, quizás el más importante, para la universalización del toreo como espectáculo. Gaviño representa uno de los canales por donde fluye la nueva tauromaquia española a los pueblos americanos, y de manera muy especial a México.
De Bernardo Gaviño nos dice Cossio:

“Matador de toros, nacido en Puerto Real (Cádiz) el 20 de agosto de 1812 (otros autores dan el año de 1810), hijo de José Gaviño y de María de las Nieves Rueda. Era pariente, aunque lejano de Juan León (“Leoncillo”), de quien recibió las primeras lecciones (...)”.

Sabemos que Bernardo da sus primeros pasos taurómacos con Bartolomé Ximénez Acosta, rescatado en la obra de Guillermo Boto Cádiz, origen del toreo a pie (1661-1858), y del que dice:

“Banderillero primero y matador después, nacido en Cádiz. Era hijo de Bartolomé, famoso picador y sobrino del también picador Manuel Jiménez, “tío Manuel”, como le llamaba Pedro Romero”.


Bartolomé murió en Oporto en 1823 siendo Bernardo Gaviño banderillero de su cuadrilla, que tendría en aquellas fechas 11 (ó 13) años de edad.
Se conoce que desde 1835 Gaviño viaja por toda América, recalará en Montevideo, en La Habana, que presumiblemente le traería recuerdos de su Bahía, y por fin en México, donde fijará de manera definitiva su residencia.
De su forma de torear conocemos muy poco, pero de nuevo Cossio nos aporta una semblanza del mismo apoyándose en el trabajo publicado en 1854 en La Habana por don José Corrales, del que seleccionó el siguiente párrafo:

“(...) era un torero de genio que ejecutaba las suertes según las circunstancias en que se encontraba; de corazón sereno y de una gracia singular. Conocedor del toreo de Juan León y otros contemporáneos, no se vició en cuanto al arte, conservando, en medio de toreros extravagantes, el sello del lidiador andaluz, así en el método de torear como en el de vestir”.


No sabemos si Bernardo conoce la Tauromaquia de Paquiro, que se editó por primera vez en 1836, y por la que se reconoce a su autor como el gran reformista de la fiesta. Probablemente algún ejemplar le llegó a Gaviño de esa o de una edición posterior. De lo que no cabe duda, es que a él compete ser el introductor de los nuevos derroteros de la tauromaquia en América haciendo posible la “reforma” en México. Gaviño es el introductor de una “nueva” forma de hacer el toreo en la Republica americana. En medio de “toreros extravagantes”1 Gaviño impone su toreo y arrincona a la vieja tauromaquia criolla, convirtiéndose nuestro torero de Puerto Real en el eje principal de la fiesta en México.

Llegará a ser el director de lidia indiscutible, el maestro de los toreros mexicanos, reformará a la manera de Paquiro la lidia a pie en México, y terminará siendo empresario de muchas plazas de allí donde alternó con los toreros españoles que empezaban a llegar
De la trascendencia de su quehacer nos da idea dos circunstancias que deben avalar la tesis presentada.

Por un lado, la sorpresa que debieron llevarse los primeros lidiadores españoles actuantes en México al ser censurados y abucheados cuando mataban las reses al volapié, suerte no considerada por los primeros espectadores mexicanos sujeta a los cánones del toreo. Posiblemente porque Gaviño no la practicaba, él se decantó por la estocada de metisaca que llegó incluso a ser conocida en México como “estocada española”, lo cual nos induce a pensar en la poderosa influencia de Bernardo en los orígenes del toreo moderno en ese país.

Y por otro, el magisterio ejercido sobre Ponciano Díaz (1858-1897) primer matador de toros mexicanos que confirma su alternativa en Madrid. Ponciano estuvo a las ordenes de Gaviño formando parte de su cuadrilla durante seis meses. Podemos considerar a Ponciano como un torero de transición, no abandona las viejas formas del toreo autóctono (pone banderillas a caballo, realiza las suertes del manganeo, pealeo, acoso y derribo) pero maneja la muleta, y mata con “suma facilidad” en la suerte de “aguantar”, presuponemos que por el magisterio de Bernardo.

Para finalizar, presentamos la última y trágica actuación de Gaviño el 31 de enero de 1886 en Texcoco, y donde nuestro diestro, que ya ha sobrepasado los setenta años, se topa con la muerte en circunstancias impropias para alguien que representó tanto en la consolidación del toreo en México. Nos cuenta “Recortes”:

“(...) En tercer lugar salió un toro negro zaino, meleno, bien encornado y de pocas libras, perteneciente a la ganadería de Ayala. El toro resultó bravo, tomó ocho puyazos, matando dos caballos, pasando a banderillas con mucho poder y ligereza de patas. El viejo Gaviño estaba contentísimo y hacía elogios de la nervosidad del burel. Tocaron a matar, y el diestro de Puerto Real, que vestía terno negro, con adornos de seda negra, armó la muleta y se dispuso a estoquear aquel toro, que había sido por su nervosidad el terror de la cuadrilla. El anciano espada, con gran serenidad y completamente solo, se fue hacia la res, presentando la muleta, que el toro tomó bien; pero al rematar el pase se revolvió, y como el caduco torero no tenía ya el vigor necesario para afirmarse en las piernas, fue cogido por la espalda, suspendido y engatillado, recibiendo una herida en la proximidad del ano, hacia la derecha, en la región anatómica llamada por los facultativos hueco isquio rectal. No obstante lo doloroso de la lesión y de que causó abundante hemorragia, detalle de que se dio cuenta Gaviño, pues llevó la mano al sitio lesionado y la apartó tinta en sangre, no se acobardó, y con entereza de ánimo y por su pie se retiró a la enfermería, que no era tal, sino un sucio y desmantelado cuartucho que tenía en uno de los rincones una vieja cama y en el otro un montón de heno. Allí, una hora después del accidente, le fué practicada la primera cura. La gravedad de la herida, por la infección que sobrevino, comenzó cuarenta y ocho horas después de la cogida, y el viejo torero, en los momentos de fiebre, deliraba con asuntos de tauromaquia, recuerdos de sus campañas y de los percances sufridos. El día 3 de febrero fué trasladado de Texcoco a México, donde residía, y donde murió a las nueve y media de la noche del 11 de febrero de 1886”.

Tras la lectura del pasaje de su trágica muerte, me vienen a la cabeza lo leído y escuchado a ganaderos y aficionados mexicanos que hacen una sentida reivindicación de la figura de Gaviño. Expresando su extrañeza por el desconocimiento que tenemos en su país del papel desempeñado por Bernardo en el nacimiento y desarrollo de la tauromaquia moderna en México.

Debemos concluir, pues, reclamando el trascendental puesto que debe ocupar el torero de Puerto Real como pieza clave para entender la organización moderna del espectáculo taurino en América.