La
Autoridad
Por
Daniel Pérez Lorenzo
En el anterior reglamento
taurino se recogía que las plazas de segunda categoría
fueran presididas por los comisarios de policías de las
ciudades en cuestión mientras que en el actual este privilegio
recae en la primera autoridad municipal quien a su vez tiene la
potestad de delegar en un concejal o bien en algún aficionado
de reconocido prestigio. Se supone que los señores que
en la actualidad presiden los espectáculos son personas
que conocen bien el reglamento y que lo aplican con la independencia
y solvencia que su puesto requiere pues en ellos recae la responsabilidad
de garantizar la integridad de la fiesta en todos los sentidos.
No seré yo no obstante, quien critique si este artículo
del reglamento está bien o mal pues no se de leyes aunque
lo cierto es que el sentido común me obliga a hacer algunas
reflexiones.
En muchas ocasiones y según
alardea algún que otro presidente, el aficionado –en
definitiva el que paga- no aparece por ningún lado pues
“el reglamento es presidencialista”. Pero me pregunto:
¿entonces el presidente para que está?. Pongamos
el caso del reconocimiento de las reses antes del espectáculo.
Ante la duda sobre el trapío de un astado, se oye la opinión
de la empresa, del ganadero, de los profesionales y de los veterinarios.
En cualquier caso, la última palabra la tiene el presidente
quien puede –pues para ello le asiste el reglamento- pasar
por alto todos estos puntos de vista y aprobar al animal en cuestión
como apto para la lidia. Me consta que en El Puerto en alguna
ocasión o en más de alguna, se han lidiado corridas
completas contraviniendo los informes desfavorables del equipo
veterinario de la plaza, por lo que cabe preguntarse quien sale
perjudicado. Sin duda alguna el aficionado sale perdiendo puesto
que su opinión no se tiene en cuenta ni tan siquiera en
la plaza ya que si alguien protesta –léase la peña
Tendido 7-, se les llama revienta espectáculos. Y es que
“el reglamento es presidencialista”.
Por otro lado, dentro del
amplio régimen sancionador que está tipificado en
el reglamento, al final el más castigado es el “perro
flaco”. Sorprenden sanciones a chavales que se les olvida
saludar al presidente de un pueblo al abandonar la plaza incluso
habiéndoselo impedido una cogida, o al que sólo
disponía de un banderillero en lugar de dos en un festival,
etc. Incluso durante el propio desarrollo del espectáculo
se mira con lupa el reloj de los avisos cuando hay novillada mientras
que algunas corridas se eternizan y ni tan siquiera suena el clarín
de los recados. Y es que “las faenas de embrujo de una figura
no se pueden interrumpir con el recadito sonoro del palco”.
Finalmente y aunque el tema
da para mucho me gustaría algún día tener
acceso a las actas de reconocimiento que emiten los veterinarios
pues ese es el tema tabú. Es lastimoso que ante la dudosa
integridad de un toro o su escaso trapío se oigan voces
desde el tendido dudando de la profesionalidad de los veterinarios
mientras que la mayoría de las veces el motivo de que esa
res esté en la plaza se debe al arreglo o acuerdo alcalde-presidente-empresa
por y para el bien de la fiesta. Pues flaco favor se le hace.
Deseo que algún día
vuelva la policía a ocupar el puesto que debe nunca debió
perder, el de juez de plaza porque como funcionarios que son entiendo
que están mejor capacitados para desatender las fuertes
presiones que soportan en el cargo que ocupan.