Nº 8- Mayo de 2003
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  Despeje de plaza  
 

La Autoridad
Por Daniel Pérez Lorenzo

En el anterior reglamento taurino se recogía que las plazas de segunda categoría fueran presididas por los comisarios de policías de las ciudades en cuestión mientras que en el actual este privilegio recae en la primera autoridad municipal quien a su vez tiene la potestad de delegar en un concejal o bien en algún aficionado de reconocido prestigio. Se supone que los señores que en la actualidad presiden los espectáculos son personas que conocen bien el reglamento y que lo aplican con la independencia y solvencia que su puesto requiere pues en ellos recae la responsabilidad de garantizar la integridad de la fiesta en todos los sentidos. No seré yo no obstante, quien critique si este artículo del reglamento está bien o mal pues no se de leyes aunque lo cierto es que el sentido común me obliga a hacer algunas reflexiones.

En muchas ocasiones y según alardea algún que otro presidente, el aficionado –en definitiva el que paga- no aparece por ningún lado pues “el reglamento es presidencialista”. Pero me pregunto: ¿entonces el presidente para que está?. Pongamos el caso del reconocimiento de las reses antes del espectáculo. Ante la duda sobre el trapío de un astado, se oye la opinión de la empresa, del ganadero, de los profesionales y de los veterinarios. En cualquier caso, la última palabra la tiene el presidente quien puede –pues para ello le asiste el reglamento- pasar por alto todos estos puntos de vista y aprobar al animal en cuestión como apto para la lidia. Me consta que en El Puerto en alguna ocasión o en más de alguna, se han lidiado corridas completas contraviniendo los informes desfavorables del equipo veterinario de la plaza, por lo que cabe preguntarse quien sale perjudicado. Sin duda alguna el aficionado sale perdiendo puesto que su opinión no se tiene en cuenta ni tan siquiera en la plaza ya que si alguien protesta –léase la peña Tendido 7-, se les llama revienta espectáculos. Y es que “el reglamento es presidencialista”.

Por otro lado, dentro del amplio régimen sancionador que está tipificado en el reglamento, al final el más castigado es el “perro flaco”. Sorprenden sanciones a chavales que se les olvida saludar al presidente de un pueblo al abandonar la plaza incluso habiéndoselo impedido una cogida, o al que sólo disponía de un banderillero en lugar de dos en un festival, etc. Incluso durante el propio desarrollo del espectáculo se mira con lupa el reloj de los avisos cuando hay novillada mientras que algunas corridas se eternizan y ni tan siquiera suena el clarín de los recados. Y es que “las faenas de embrujo de una figura no se pueden interrumpir con el recadito sonoro del palco”.

Finalmente y aunque el tema da para mucho me gustaría algún día tener acceso a las actas de reconocimiento que emiten los veterinarios pues ese es el tema tabú. Es lastimoso que ante la dudosa integridad de un toro o su escaso trapío se oigan voces desde el tendido dudando de la profesionalidad de los veterinarios mientras que la mayoría de las veces el motivo de que esa res esté en la plaza se debe al arreglo o acuerdo alcalde-presidente-empresa por y para el bien de la fiesta. Pues flaco favor se le hace.

Deseo que algún día vuelva la policía a ocupar el puesto que debe nunca debió perder, el de juez de plaza porque como funcionarios que son entiendo que están mejor capacitados para desatender las fuertes presiones que soportan en el cargo que ocupan.