El
Premio de Cortar Orejas
Por Santos Asensio Martín
La petición de orejas
en los tendidos de una plaza de toros, desde la onerosa sombra
hasta el sufrido sol, constituye un espectáculo espléndido,
lleno de alegría y color y hace buena la copla que dice
así: "La mujer da la alegría/el vino la libertad/el
presidente la oreja /y el torito la corná".
La concesión de orejas,
según las plazas, se otorgan con más o menos benevolencia.
De ahí que una oreja cortada en Madrid suele ir seguida
de un mayor número de contratos aunque, en ocasiones, también
se dan con generosidad. Para estos casos los aficionados suelen
distinguir entre "orejas que se dan y orejas que se cortan".
La concesión de la oreja debe fundamentarse en una lidia
ajustada a los cánones taurómacos de parar, templar
y mandar, además de cargar la suerte y rematar la faena
con una estocada en todo lo alto.
Al margen de este tema que
por si solo merece un amplio debate, es curioso y oportuno, rememorar
el origen de la concesión de orejas a los matadores, como
premio a las faenas que se consideran extraordinarias. En los
tiempos en que las corridas de toros -siglo XVIII- eran organizadas
por las Maestranzas de Caballería y las Juntas de Hospitales,
ambas instituciones solían conceder a los matadores, como
obsequio excepcional, la carne y demás aprovechamientos
del toro que había estoqueado con brillantez entre el beneplácito
general. Como señal de propiedad de aquel regalo, el diestro
cortaba, de momento una oreja del toro muerto, la cual presentaba
más tarde en el desolladero como justificante que le acreditaba
con derecho a que se le entregara la res, de la que a partir de
ese momento podía disponer a su antojo. Después,
cuando las plazas pasaron a ser explotadas por los asentistas
o empresarios, éstos se mostraron contrarios a tal costumbre
yá que ello mermaba considerablemente sus intereses. De
esta forma se convino, tasando muy bajo el obsequio, que los empresarios
le entregaran al torero, en sustitución del toro, una onza
de oro (trescientos veinte reales, unos 5 euros) a cambio de la
oreja cortada. Pero esta hábito terminó también
por desaparecer al entender los espadas que esta costumbre más
que un homenaje, ofrecía el aspecto de una miserable propina,
lo que hería su fama y prestigio.
Conviene reseñar que
la primera oreja, en su nuevo concepto de homenaje se concedió
en la plaza de toros de Madrid, entonces la de La Fuente del Berro,
se le otorgó a José Lara "Chicorro" el
29 de Octubre de 1876. Aquel día "Chicorro" alternaba
con Lagartijo y Frascuelo en la lidia de un encierro compuesto
por un toro de Miura, uno de Barbero, uno de Benjumea y tres del
marqués viudo de Salas. Asistieron a la corrida el rey
Alfonso XII, la princesa de Asturias y los príncipes de
Sajonia Weimar. Se dice que "Chicorro" nacido en Algeciras
(Cádiz) el 19 de Marzo de 1839, obtuvo aquella tarde el
mayor éxito de su vida torera. Pero dejemos que sea el
gran crítico de la época, Antonio Peña Goñi,
quien nos recuerde aquel éxito memorable.
Conviene aclarar, y esto
se vé en la crónica de Peña Goñi,
que el público no solicitó la oreja del toro para
el matador sino "que le fuera concedido el toro".
Hay que señalar que
la primera oreja que se concede con carácter oficial y
absoluta seriedad fue en Madrid y la cortó el diestro madrileño
Vicente Pastor en la corrida celebrada el 2 de Octubre de 1910
en la plaza de la Carretera de Aragón. Fue a un toro de
Concha y Sierra llamado "Carbonero", negro, largo de
cuerpo, apretado de carnes y gacho de encornadura.
Todavía en Sevilla
no se había concedido ninguna oreja. Pero faltaba muy poco
para que, haciéndose eco de la novedad establecida en Madrid,
Joselito -quien, si no- cortó la primera oreja sevillana
en el transcurso de una corrida en la que actuó como único
espada con seis toros de Santa Coloma. Era el 30 de Septiembre
de 1915, tenía "Gallito" 21 años y toreaba
la corrida 91 de las 102 que mató ese año. La segunda
oreja que se cortó en Sevilla fue a parar a manos de Juan
Belmonte -quien, si no- el 28 de Abril de 1916. Al día
siguiente Vicente Pastor le cortaría la tercera a un toro
de Miura, la cuarta fue también para Joselito, un día
antes de que su hermano Rafael, después de una fabulosa
faena a un toro de Gamero Cívico, cortara, como premio,
las dos primeras orejas de un toro que se concedieron en Sevilla.
Dicen que aquel día la "seña" Gabriela,
madre de los Gallos, se inventó esta letrilla "Tiene
mi Rafaelito venas de loco, unas veces por mucho y otras por poco".
Con el tiempo, se pasó
de la oreja a las dos orejas y de éstas al rabo, y hubo
una época en la que se llegaron a conceder dos, tres y
hasta cuatro patas, con lo cual la historia estuvo a punto de
regresar a sus principios, cuando el torero recibía, como
premio, el entero toro que acababa de matar. Pero afortunadamente
el premio de casquería se corrigió a tiempo. Una
oreja es una oreja y dos, algo que debería considerarse
detenidamente antes de ser concedidas.