Nº 8- Mayo de 2003
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El Premio de Cortar Orejas
Por Santos Asensio Martín

La petición de orejas en los tendidos de una plaza de toros, desde la onerosa sombra hasta el sufrido sol, constituye un espectáculo espléndido, lleno de alegría y color y hace buena la copla que dice así: "La mujer da la alegría/el vino la libertad/el presidente la oreja /y el torito la corná".

La concesión de orejas, según las plazas, se otorgan con más o menos benevolencia. De ahí que una oreja cortada en Madrid suele ir seguida de un mayor número de contratos aunque, en ocasiones, también se dan con generosidad. Para estos casos los aficionados suelen distinguir entre "orejas que se dan y orejas que se cortan". La concesión de la oreja debe fundamentarse en una lidia ajustada a los cánones taurómacos de parar, templar y mandar, además de cargar la suerte y rematar la faena con una estocada en todo lo alto.

Al margen de este tema que por si solo merece un amplio debate, es curioso y oportuno, rememorar el origen de la concesión de orejas a los matadores, como premio a las faenas que se consideran extraordinarias. En los tiempos en que las corridas de toros -siglo XVIII- eran organizadas por las Maestranzas de Caballería y las Juntas de Hospitales, ambas instituciones solían conceder a los matadores, como obsequio excepcional, la carne y demás aprovechamientos del toro que había estoqueado con brillantez entre el beneplácito general. Como señal de propiedad de aquel regalo, el diestro cortaba, de momento una oreja del toro muerto, la cual presentaba más tarde en el desolladero como justificante que le acreditaba con derecho a que se le entregara la res, de la que a partir de ese momento podía disponer a su antojo. Después, cuando las plazas pasaron a ser explotadas por los asentistas o empresarios, éstos se mostraron contrarios a tal costumbre yá que ello mermaba considerablemente sus intereses. De esta forma se convino, tasando muy bajo el obsequio, que los empresarios le entregaran al torero, en sustitución del toro, una onza de oro (trescientos veinte reales, unos 5 euros) a cambio de la oreja cortada. Pero esta hábito terminó también por desaparecer al entender los espadas que esta costumbre más que un homenaje, ofrecía el aspecto de una miserable propina, lo que hería su fama y prestigio.

Conviene reseñar que la primera oreja, en su nuevo concepto de homenaje se concedió en la plaza de toros de Madrid, entonces la de La Fuente del Berro, se le otorgó a José Lara "Chicorro" el 29 de Octubre de 1876. Aquel día "Chicorro" alternaba con Lagartijo y Frascuelo en la lidia de un encierro compuesto por un toro de Miura, uno de Barbero, uno de Benjumea y tres del marqués viudo de Salas. Asistieron a la corrida el rey Alfonso XII, la princesa de Asturias y los príncipes de Sajonia Weimar. Se dice que "Chicorro" nacido en Algeciras (Cádiz) el 19 de Marzo de 1839, obtuvo aquella tarde el mayor éxito de su vida torera. Pero dejemos que sea el gran crítico de la época, Antonio Peña Goñi, quien nos recuerde aquel éxito memorable.

Conviene aclarar, y esto se vé en la crónica de Peña Goñi, que el público no solicitó la oreja del toro para el matador sino "que le fuera concedido el toro".

Hay que señalar que la primera oreja que se concede con carácter oficial y absoluta seriedad fue en Madrid y la cortó el diestro madrileño Vicente Pastor en la corrida celebrada el 2 de Octubre de 1910 en la plaza de la Carretera de Aragón. Fue a un toro de Concha y Sierra llamado "Carbonero", negro, largo de cuerpo, apretado de carnes y gacho de encornadura.

Todavía en Sevilla no se había concedido ninguna oreja. Pero faltaba muy poco para que, haciéndose eco de la novedad establecida en Madrid, Joselito -quien, si no- cortó la primera oreja sevillana en el transcurso de una corrida en la que actuó como único espada con seis toros de Santa Coloma. Era el 30 de Septiembre de 1915, tenía "Gallito" 21 años y toreaba la corrida 91 de las 102 que mató ese año. La segunda oreja que se cortó en Sevilla fue a parar a manos de Juan Belmonte -quien, si no- el 28 de Abril de 1916. Al día siguiente Vicente Pastor le cortaría la tercera a un toro de Miura, la cuarta fue también para Joselito, un día antes de que su hermano Rafael, después de una fabulosa faena a un toro de Gamero Cívico, cortara, como premio, las dos primeras orejas de un toro que se concedieron en Sevilla. Dicen que aquel día la "seña" Gabriela, madre de los Gallos, se inventó esta letrilla "Tiene mi Rafaelito venas de loco, unas veces por mucho y otras por poco".

Con el tiempo, se pasó de la oreja a las dos orejas y de éstas al rabo, y hubo una época en la que se llegaron a conceder dos, tres y hasta cuatro patas, con lo cual la historia estuvo a punto de regresar a sus principios, cuando el torero recibía, como premio, el entero toro que acababa de matar. Pero afortunadamente el premio de casquería se corrigió a tiempo. Una oreja es una oreja y dos, algo que debería considerarse detenidamente antes de ser concedidas.

 

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