SUEÑOS
DE PANTALONES CORTOS
Por
Luis Galán Pérez
Vengo
dándole vueltas a un asunto del que no estoy seguro si
resulta interesante de apuntar o si ni siquiera puede extenderse
como para elaborar una opinión en una revista taurina.
En mi intento de enfocar el tema, he viajado hasta la infancia
sin esfuerzo (os lo puedo jurar) y voy a comenzar por ahí,
por esa etapa de toda vida.
No hace muchos años,
un par de décadas y algo más, un niño andaluz
no era andaluz si en sus sueños no aparecía un toro
negro vencido, visto desde la altura que regala una salida a hombros.
Todos los niños (excluyo empollones y ricos) querían
ser toreros. Jugar al toro se convertía en el pasatiempo
de críos invadiendo calles poco transitadas y rebotaba
en el asfalto cada ole de las generosas espectadoras con trenzas
y calcetines blancos. Alguien que tenía un tío que
era amigo de uno que conocía a otro que trabajaba en el
matadero, era el líder de la pandilla taurina a causa de
la posesión de dos astas enlazadas por una madera. Mientras
jugaban, algún que otro aficionado que salía de
la taberna se quedaba mirando a los chavales pensando que quizás
alguno de ellos, un día no muy lejano, se vestiría
de luces en la Plaza Real. Realmente, y aquí radica todo
lo que quiero decir, los toreros eran mitos, ídolos, personajes
admirados, ejemplos vivos a seguir, héroes populares, hijos
de nadie y triunfadores de la pobreza, asesinos del hambre, sueño
de pantalones cortos, flequillo despeinado, todo. Los toreros
eran todo. Noche de Reyes: mañana de muleta y espada de
madera. Figuritas de barro en plaza de cartón, estampas
en álbum, tascas llenas a las cinco de la tarde, puro barato
y aguardiente, aguadores rodeando el ruedo... la ciudad vivía
los toros, admiraba a los toreros y Joselito lo notó.
Ahora, los toreros (muchos,
no todos) son figuras de papel cuché, imágenes de
una baraja televisiva ocupando los números de corazones,
cow boys que desarman paparazzis, donjuanes indiscretos, padres
por sorpresa, residentes en Marbella... y eso no eran los toreros
de la infancia que recuerdo, o al menos si su comportamiento era
el mismo, no se les daba el mismo trato. La fama de un torero
se la da el toreo y se la quita el toro, y nunca un aparato de
marketing, aunque consiga que el arte y las cualidades taurinas
pasen a un segundo plano en detrimento del aficionado y en beneficio
de la impaciencia de las peluquerías. A veces, cobra más
importancia los famosos casposos que asisten a las corridas que
los propios protagonistas del ritual que supone una tarde de toros.
Los tendidos se convierten en pasarelas y escaparates de la calle
Frivolidad mientras la vida de un hombre anda en juego sobre el
albero.
Con esta perspectiva, líbrenos
el destino de que los niños de hoy sueñen con ser
toreros para salir en las revistas y acudir a un plató
para desmentir un romance. Menos mal que como dije antes, la fama
te la quita el toro; ese si que no ha cambiado su comportamiento:
aunque no embista igual que antes, asusta a quien no es torero,
mata a todos los toreros por igual y muere dignamente.
Sueños de pantalones cortos, flequillo despeinado, noche
de reyes: mañana de muleta y espada de madera, figuritas
de barro, plaza de cartón...