Nº 9- Agosto de 2003
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SUEÑOS DE PANTALONES CORTOS
Por Luis Galán Pérez

  Vengo dándole vueltas a un asunto del que no estoy seguro si resulta interesante de apuntar o si ni siquiera puede extenderse como para elaborar una opinión en una revista taurina. En mi intento de enfocar el tema, he viajado hasta la infancia sin esfuerzo (os lo puedo jurar) y voy a comenzar por ahí, por esa etapa de toda vida.

No hace muchos años, un par de décadas y algo más, un niño andaluz no era andaluz si en sus sueños no aparecía un toro negro vencido, visto desde la altura que regala una salida a hombros. Todos los niños (excluyo empollones y ricos) querían ser toreros. Jugar al toro se convertía en el pasatiempo de críos invadiendo calles poco transitadas y rebotaba en el asfalto cada ole de las generosas espectadoras con trenzas y calcetines blancos. Alguien que tenía un tío que era amigo de uno que conocía a otro que trabajaba en el matadero, era el líder de la pandilla taurina a causa de la posesión de dos astas enlazadas por una madera. Mientras jugaban, algún que otro aficionado que salía de la taberna se quedaba mirando a los chavales pensando que quizás alguno de ellos, un día no muy lejano, se vestiría de luces en la Plaza Real. Realmente, y aquí radica todo lo que quiero decir, los toreros eran mitos, ídolos, personajes admirados, ejemplos vivos a seguir, héroes populares, hijos de nadie y triunfadores de la pobreza, asesinos del hambre, sueño de pantalones cortos, flequillo despeinado, todo. Los toreros eran todo. Noche de Reyes: mañana de muleta y espada de madera. Figuritas de barro en plaza de cartón, estampas en álbum, tascas llenas a las cinco de la tarde, puro barato y aguardiente, aguadores rodeando el ruedo... la ciudad vivía los toros, admiraba a los toreros y Joselito lo notó.

Ahora, los toreros (muchos, no todos) son figuras de papel cuché, imágenes de una baraja televisiva ocupando los números de corazones, cow boys que desarman paparazzis, donjuanes indiscretos, padres por sorpresa, residentes en Marbella... y eso no eran los toreros de la infancia que recuerdo, o al menos si su comportamiento era el mismo, no se les daba el mismo trato. La fama de un torero se la da el toreo y se la quita el toro, y nunca un aparato de marketing, aunque consiga que el arte y las cualidades taurinas pasen a un segundo plano en detrimento del aficionado y en beneficio de la impaciencia de las peluquerías. A veces, cobra más importancia los famosos casposos que asisten a las corridas que los propios protagonistas del ritual que supone una tarde de toros. Los tendidos se convierten en pasarelas y escaparates de la calle Frivolidad mientras la vida de un hombre anda en juego sobre el albero.

Con esta perspectiva, líbrenos el destino de que los niños de hoy sueñen con ser toreros para salir en las revistas y acudir a un plató para desmentir un romance. Menos mal que como dije antes, la fama te la quita el toro; ese si que no ha cambiado su comportamiento: aunque no embista igual que antes, asusta a quien no es torero, mata a todos los toreros por igual y muere dignamente.
Sueños de pantalones cortos, flequillo despeinado, noche de reyes: mañana de muleta y espada de madera, figuritas de barro, plaza de cartón...