Nº 9- Agosto de 2003
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“Aficionados”
Por Rafaél Gómez Ojeda

Algunos taurinos de despachos, suelen llamar despectivamente a los aficionados como “trasnochados” o “puristas”. Sobre todo, cuando desde el tendido se cuestionan trofeos devaluados o se protestan toros inválidos. Más de uno se ha atrevido a decir que los aficionados caben en un taxi y un joven torero, en un ejercicio de magnanimidad, afirmó que cabían en un autobús. Algo es algo.

Un aficionado no intenta ser, ni parecer, un “purista”; pero sabe apreciar lo que magistralmente definió el maestro Antoñete: el toreo de oro, el de plata y el de bronce. Un buen aficionado no sabe torear, pero sabe como debe hacerse. Ovaciona el toreo de oro, aplaude el toreo de plata, y silencia el toreo de bronce. También sabe distinguir, como el maestro Domingo Ortega, al torero que sabe lo que hace, y al torero que hace lo que sabe. Un aficionado no silba, ni abronca, ni insulta. Si puntualmente abronca algo, es que ese algo está resultando grotesco o ridículo. En ese caso, su bronca no es ninguna falta de respeto, sino un grito en defensa de la dignidad de la fiesta.

Cuando en invierno nadie habla de toros, los aficionados emplean su tiempo y su dinero en entregas de premios, organizar conferencias, exposiciones, etc. manteniendo el interés hacia esta singular fiesta. Los aficionados son conscientes de ser ese “tercio de entrada”, pero tercio fiel. Cuando el gran público desaparece, el aficionado acude a festivales, novilladas, y a esas corridas injustamente llamadas de “toreros modestos”.

Comprende que el llamado gran público es el que ayuda a mantener económicamente la fiesta. Que la fiesta evoluciona, pero quiere que lo haga para bien, como así ha sido históricamente. El aficionado lee, escucha y ve, para seguir aprendiendo y para ocupar, al menos, un par de autobuses.

 

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