“Aficionados”
Por Rafaél Gómez Ojeda
Algunos taurinos de despachos,
suelen llamar despectivamente a los aficionados como “trasnochados”
o “puristas”. Sobre todo, cuando desde el tendido
se cuestionan trofeos devaluados o se protestan toros inválidos.
Más de uno se ha atrevido a decir que los aficionados caben
en un taxi y un joven torero, en un ejercicio de magnanimidad,
afirmó que cabían en un autobús. Algo es
algo.
Un aficionado no intenta
ser, ni parecer, un “purista”; pero sabe apreciar
lo que magistralmente definió el maestro Antoñete:
el toreo de oro, el de plata y el de bronce. Un buen aficionado
no sabe torear, pero sabe como debe hacerse. Ovaciona el toreo
de oro, aplaude el toreo de plata, y silencia el toreo de bronce.
También sabe distinguir, como el maestro Domingo Ortega,
al torero que sabe lo que hace, y al torero que hace lo que sabe.
Un aficionado no silba, ni abronca, ni insulta. Si puntualmente
abronca algo, es que ese algo está resultando grotesco
o ridículo. En ese caso, su bronca no es ninguna falta
de respeto, sino un grito en defensa de la dignidad de la fiesta.
Cuando en invierno nadie
habla de toros, los aficionados emplean su tiempo y su dinero
en entregas de premios, organizar conferencias, exposiciones,
etc. manteniendo el interés hacia esta singular fiesta.
Los aficionados son conscientes de ser ese “tercio de entrada”,
pero tercio fiel. Cuando el gran público desaparece, el
aficionado acude a festivales, novilladas, y a esas corridas injustamente
llamadas de “toreros modestos”.
Comprende que el llamado
gran público es el que ayuda a mantener económicamente
la fiesta. Que la fiesta evoluciona, pero quiere que lo haga para
bien, como así ha sido históricamente. El aficionado
lee, escucha y ve, para seguir aprendiendo y para ocupar, al menos,
un par de autobuses.